Tuesday, September 28, 2021

Lamas Médula 10-David Markson

Cientos de retazos para una novela sin costuras

Dic 12, 2016 | Reseña

Por Cristian Carrasco.



“¿Qué es una novela en todo caso?”, se pregunta el autor/Lector/Protagonista de La soledad del lector, de David Markson, libro que puede leerse como la preparación para una novela que nunca se empieza a escribir. A lo Macedonio… pero nada que ver.



“Tengo un relato. Pero tendrás que esforzarte para encontrarlo”, leemos en las páginas finales de La soledad del lector, de David Markson. La frase puede ser pronunciada por el autor, el Lector o el Protagonista del texto. O por el propio libro. El título en inglés, Reader’s block, tal vez sea un juego de palabras con el archifamoso bloqueo de escritor (writer’s block): la imposibilidad de encontrar algo que decir, el pánico frente a la página en blanco. Pero también puede remitir (o me remite a mí, deformación profesional de estudiante de letras) a las distintas etapas de producción de un texto informativo: prosa de escritor y prosa de lector, la libreta anotadora (block) donde se anotan las ideas crudas (prosa de escritor) o las ideas ya parcialmente adaptadas, enlazadas, pensando en un futuro receptor (prosa de lector). Las características de este último tipo de texto son consistentes con el espíritu de la obra: ideas fuertes aunque descolgadas, hilvanadas mínimamente pero siguiendo cierta idea pivotante que les da unidad y permite vislumbrar un plan detrás de la selección de los hechos, datos, nombres, personajes.

En La soledad del lector, todo es lo mismo con pequeñas variaciones: el antisemitismo de decenas de personajes importantes de las artes y las ciencias, las muertes (muchas de ellas por mano propia) de hombres y mujeres que, antes de desaparecer, legaron al mundo obras, ideas, frases, personajes, arquetipos; las vidas desdichadas de narradores y poetas; las anécdotas sobre la creación artística y el descubrimiento científico. Pinceladas de una historia incompleta, con espacios en blanco que cualquier otro escritor hubiese rellenado con imitaciones pero que Markson ocupa con referencias directas, en un juego reincidente que hace posible tanto el humor (negro) como la experimentación formal.

Por un lado, en cuanto al estilo, la repetición se apoya en la elipsis, un procedimiento de referencia indirecto (muchas citas textuales prescinden de la fuente, pero se trata de frases altamente icónicas, inmediatamente reconocibles para el lector promedio). Por otro lado: si ya todo ha sido dicho, ¿para qué repetir mediante la imitación disfrazada de novedad?, ¿para qué emular lo que puede encontrarse en otras obras y otras vidas, si se puede referir directamente al original? En este sentido, la captación de personajes, diálogos, escenas y tópicos de la literatura, la remisión a la fuente directa sin desvíos ni maquillajes, funciona de acuerdo con la lógica que justifica la utilización de citas: resignarse a aceptar que ya alguien lo ha dicho antes y mejor.

Pocas veces vi tantos procedimientos apuntados a generar tanto sentido con tan pocas palabras; procedimientos altamente efectivos, además. En literatura no se valora sólo la novedad sino también (y principalmente) la efectividad: hagas lo que hagas en un texto, por original que sea, si no genera sentido es un absoluta pérdida de tiempo.

Entre los abundantes procedimientos que encontramos en el libro, se pueden señalar los microrrelatos, que condensan un momento o incluso una vida entera en tres o cuatro líneas; la utilización de nombres (de personajes ficticios o personas reales) tan significativos, con tamaño peso específico propio, que su sola mención crea una atmósfera determinada o remite a una forma de ver la vida, el arte o la sociedad; también la sucesión de nombres, unidos por un hilo conceptual patente, cuya misma proximidad remite a una serie, a un linaje, en la cual los hechos y personajes se inscriben sin explicitarlo nunca (Raskolnikov, Bloom, Mr. Kurtz).

¿Algún lector podrá captar el cien por ciento de las referencias sueltas, sin el marco de un microrrelato, nombres solitarios que definen una vida entera? ¿Alguien podrá unir con flechas, al estilo de los juegos infantiles, cada frase con el personaje ficticio que la pronuncia y el autor real que la estructuró en palabras?

En La soledad del lector, la fragmentación del discurso va de la mano con la ausencia de lo superfluo, del material de unión entre los sucesos, el relleno necesario, el tejido conectivo: todo lo que se cuenta tiene significado por sí mismo, importa por sí mismo, aunque no sume nada a la supuesta trama de la supuesta novela que supuestamente se está leyendo. Por un lado, la densidad de estrella enana de una vida reducida a cuatro líneas, una masa enorme confinada en un volumen diminuto. Y, al mismo tiempo, la reiteración que todo lo unifica, el eterno retorno nietzscheano, las artes, las letras, la ciencia, la muerte, la soledad, la infelicidad, repetidas hasta lograr que cada suceso en particular, cada vida en particular, pierda su individualidad y adquiera la apariencia de una fotocopia amarillenta dentro de una pila enorme de fotocopias amarillentas, donde la pérdida de una de ellas (no importa cuál, porque todas surgen del mismo molde) no tendría la menor importancia.

Aunque para nosotros la tienen, porque lo que se repite son vidas. Al Protagonista se lo suele identificar con el nombre de otros protagonistas literarios famosos (“¿Ishmael/Mersault/Kurtz notaría prácticamente cualquier movimiento en el piso de arriba?” / “¿Hace falta aclarar que esta presencia del piso superior acentuaría la percepción del Protagonista de su propio aislamiento?”): dicho procedimiento lo pinta en cuerpo y alma de una manera en que la comparación con personas reales fallaría en hacerlo por la falta de referencias compartidas: el autor confía en la familiaridad de los lectores con esos personajes, en que los conozcamos en todas sus dimensiones. Raskolnikov es un símbolo perfectamente estructurado: el joven que se precia en demasía y cree que todo le está permitido por ser un genio destinado a la grandeza. Entonces, cuando el Protagonista es llamado Ralkolnikov, sólo a partir del sustantivo propio conocemos su personalidad (o al menos alguna de sus facetas), sus cualidades emocionales y morales, la forma en que se considera a sí mismo.

Y, por transitividad, intuimos las mismas características del Protagonista en el Lector y el autor, porque en varios pasajes del libro se alude a una posible interfase entre novela y autobiografía: ¿cuáles pueden ser esos elementos en común? El antisemitismo que se detecta tanto en las ciencias como en las artes; el hecho de que tanto autor, como Lector y Protagonista sean escritores; la muerte, en especial el suicidio, que tal vez sienta cerca o está considerando. La contemplación del suicidio es una buena razón para dejar cientos de ideas deshilvanadas, sin molestarse por darles la forma cabal de una novela.

El título en castellano, La soledad del lector, tal vez haga referencia a que la única relación del Protagonista con otra persona se reduce a la posibilidad de que alguien lo haya saludado con la cabeza al pasar, caminando por la playa. Salvo este suceso equívoco, sólo mantiene relaciones con escritores muertos (no sólo angloparlantes, también Mishima, Kawabata, Borges, Rulfo), con el recuerdo de sus hijos (a quienes hace mucho no ve), con el recuerdo de mujeres que pasaron por su vida (empardadas también con personajes femeninos de obras conocidas, lo que despierta el reflejo condicionado de identificación literaria). En medio de la soledad de un cementerio que ya casi nadie visita, de calles y bares donde no conoce a nadie, de noches en playas semidesiertas, piensa, recuerda, anota tal vez, fragmentos para una novela posible.

“He venido a este lugar porque allá no tenía ninguna clase de vida”, “ El Lector ha venido a este lugar porque allá no tenía ninguna clase de vida”; “El Protagonista ha venido a este lugar porque allí no tenía ninguna clase de vida”; la misma frase repetida con pequeñas variaciones, uno de los muchos procedimientos que utiliza David Markson para estructurar su libro. Tal vez represente también la confesión de su génesis, la necesidad que impulsa a la memoria que recuerda, la mente que imagina y la mano que escribe: cuando no hay ninguna clase de vida en la realidad, el autor y el lector se mudan a una ficción, solitaria pero llena del sentido que nunca se encuentra “allá”.


Lamas Médula 9-Black mirror

 

Black Mirror: Mirándonos en un espejo negro

Nov 10, 2016

Por Cristian Carrasco.



No se me escapa la ironía de escribir para una revista on-line una crítica elogiosa acerca de una serie, bajada de Internet, que alerta contra los peligros de dejar entrar la tecnología demasiado profundamente en nuestra vida diaria, pero la vida está llena de ironías.



Todos los que hemos estado frente a la pantalla apagada de un monitor, una tablet, un celular, nos hemos enfrentado a un espejo negro que engulle tu reflejo apenas se enciende. De allí obtiene su nombre Black Mirror, serie de televisión antológica que consta de historias que no comparten el mismo universo ficcional. El primer tramo de la serie, británico, consta de seis episodios y un especial, producidos por Channel 4 y emitidos entre 2011 y 2014.

El tema central de Black Mirror es cómo la tecnología te hace mierda la vida. No es original, la ciencia ficción aborda el peligro de los avances científicos desde el inicio del género. Pero los viejos libros de “anticipación”, las películas con naves de tergopol y hombres disfrazados de robots, no captaban cómo la tecnología se volvería una parte de nosotros. La tecnología sigue siendo implacable, no tiene consciencia y obedece comandos sin cuestionar, pero ya no es un enemigo externo que se combate en una guerra física. En los mundos de Black Mirror la tecnología forma parte del entorno diario, de las relaciones humanas, de la rutina y hasta del propio cuerpo. La que nos espera será, como lo expresa Tyler Durden, una guerra espiritual.

Y no está mal citar una obra tan profundamente anticapitalista como El club de la pelea, porque los avances tecnológicos y el complejo industrial-militar van de la mano. Todo lo que lleva un chip, un procesador, un espejo negro como pantalla, es mercancía. Y es al mismo tiempo un grillete y un mecanismo de vigilancia: pagamos por introducir en casa enemigos cada vez más “inteligentes”, insidiosos, capaces de averiguar nuestros secretos para entregarlos a sus amos que, por supuesto, no somos nosotros.

¿Qué mundos encontramos en Black Mirror?

Un mundo donde la ley no puede impedir el acceso a la información, donde no basta con callar a los medios de comunicación porque los intercambios por internet superan en masividad a cualquier diario o canal de noticias.

Un mundo donde cada pared es un televisor y mirar es obligatorio porque el sistema impide cerrar los ojos a los programas, que esparcen sexo, violencia y odio hacia quienes pertenecen a una clase diferente; donde cada persona es para los demás sólo un avatar; donde todo es artificial y, cuando algo real aparece, es cooptado por el sistema y convertido en mercancía y entretenimiento.

Un mundo donde la memoria es una grabación continua, donde los ojos de las personas son cámaras y pantallas, donde en lugar de contar lo que pasó, se lo muestra; donde las discusiones no se basan en la argumentación sino en el contraste de videos, pruebas forenses. Un mundo donde los recuerdos pueden cobran existencia en palabras escritas, en sonidos, y hasta pueden convertirse en un cuerpo con peso y densidad humanos. Un mundo donde el castigo es entretenimiento, donde la sociedad presencia el suplicio como en el medioevo, vigilar y castigar pero con cámaras. Un mundo donde la política pasa por las redes sociales, donde los likes y la cantidad de seguidores son elevados a sistema de decisión válido. Un mundo donde podemos dar el próximo paso de la opresión y transformarnos en esclavos de nosotros mismos; donde el tiempo es virtual y un segundo de reloj puede significar años de sufrimiento subjetivo; donde se puede bloquear a las personas en la vida real como en una red social.

Una atmósfera inquietante sobrevuela todos los capítulos de la porción inglesa de la serie y le da unidad: es una serie rodada en tonos oscuros, con predominio de los grises, sin grandes efectos especiales y con actuaciones sobresalientes de algunos de los mejores actores británicos actuales.

La tecnología cambia la forma en que utilizamos el cerebro, el espacio que destinamos a la memoria, a la imaginación, a la creación, a la búsqueda de salidas inteligentes a un problema. Las fotografías y videos sacan los recuerdos fuera del cerebro, sólo para impedir que “ocupen espacio” en la memoria como si se tratase de un disco duro, y para conservar todo tal cual sucedió. Pero no somos máquinas de recordar, lo que importa es el significado que genera un hecho y no la fidelidad a los hechos en sí: eso es lo que le da sentido al arte, a la literatura, al teatro, al cine; si sólo nos interesaran los hechos el único género literario sería la historia y el único género audiovisual serían los noticieros.

Todo está en las palabras. Notamos el peligro cuando propagandas cambian el término “memorable” por “memerable”, lo que es digno de recordar por lo que es pasible de ser reducido a un meme. Cuando las propagandas califican falazmente a internet como “el lugar donde las cosas pasan”. Y creo que es a propósito: propiciar el fin de la memoria, hacer que el mundo real deje de importar, que se mantengan tantas relaciones poco significativas que es necesario consultar los datos de contacto para recordar sus nombres y caras. Puede tratarse de un plan maligno o de simple facilismo: vivir sin salir de casa, tener “amigos” sin esforzarse en verlos, escribir un comentario general en lugar de comunicarse con cada una de las personas que hay en tu vida. Las redes sociales son seductoras porque, al igual que los casanovas, dan la impresión de estar siempre escuchando, pendiente de tus palabras, y cada tanto pronuncia un “ajá” para disimular, en forma de like o estrellita.

¿Somos lo que opinamos en público? ¿Somos las ideas que mostramos? ¿Se puede rescatar la totalidad de una persona de sus incursiones en intenet? ¿O hay algo más? Lo que exhibimos depende en gran medida de quién está observando, y si quien observa es potencialmente el mundo entero, es lógico que las precauciones que se toman, los filtros, la autoncensura, sean mucho mayores. Toda exposición voluntaria tiene su parte de actuación, de mentira.

Algo que me llamó especialmente la atención: en Black Mirror el arte es sinónimo de crueldad porque se hace interactivo: todos observan en tiempo real o son jueces con voto. El producto instantáneo de la masificación es siempre algún instinto primario nocivo, el mínimo común denominador: odio, violencia, venganza, fascinación con el dolor y la vergüenza de otros. No hay artistas en los futuros que muestra Black Mirror, sólo esa otra categoría de cual carecemos en castellano, que se pretende reemplazar con términos como “mediáticos” o “farándula” y que se debería traducir como “entretenedores”: las personas cuyo trabajo no es crear arte sino entretener, desviar la atención de quienes pierden el tiempo mirándolos. Porque siempre se trata de mirar. El contacto del ser humano con la realidad se da en mayor medida mediante la vista, por eso en la mayoría de los episodios los ojos están colonizados por la tecnología: cámaras, reproductores, códigos de identificación, sistemas de bloqueo, máscaras que proyectan imágenes mentirosas, la posibilidad de cegarnos a la verdad o forzarnos a presenciar lo insoportable.

La tercer temporada, emitida por Netflix, lamentablemente pierde el rumbo: la serie deja de ser una advertencia acerca de los peligros de la tecnología para ser una antología de episodios donde la tecnología está presente, pero nada más. Lejos del carácter inclasificable de las primeras temporadas, hay episodios enmarcados en géneros: policial, bélico, romántico. Ha perdido la ambigüedad y la complejidad que brinda caminar por el filo.

No importa: todavía quedan seis episodios y un especial maravilloso que pueden provocar la incomodidad necesaria para reflexionar, una gema extraña y resplandeciente cuyo visionado tal vez nos ayude a tomar la decisión de volver a ser un poco más humanos.

Lamas Médula 8-Bakuman

Bakuman: Amigos y rivales

Oct 10, 2016 | Reseña

Por Cristian Carrasco.



Bakuman cuenta la lucha del dúo Muto Ashirogi por convertirse en mangakas publicando en la Shonen Jump, una revista orientada específicamente a lectores varones adolescentes o en la primera juventud. Es un manga metatextual, que disecciona la industria del manga, pero además se centra en la amistad y la camaradería entre colegas que se respetan y admiran mutuamente a pesar de competir por el éxito.



Las dos personas que más admiro desde el punto de vista artístico son mis hermanos menores. Aprendí a ser un escritor de ellos que se dedican a la música, los títeres, el teatro. Me refiero por un lado a la garra, el compromiso, la capacidad de dirigir un proyecto: a los 14-15 años, ya eran líderes y cantantes de bandas, pasaban mañanas enteras en la Dirección de Cultura de la Municipalidad pidiendo fechas, buscando habilitaciones, llenando formularios; contactaban con otras bandas, diseñaban flyers, escribían fanzines, organizaban giras. Pero lo más importante para mí es la ética: la idea de que el arte no se vende, no es complaciente, no lleva sello oficial y se hace a pulmón. Y, sobre todo, la idea de la hermandad en el arte: la seguridad de que la única persona que puede entender cabalmente el nivel de importancia, el esfuerzo invertido, las horas de corrección/práctica/revisión de una obra, es alguien que valora esas cosas igual que vos porque tiene la misma ética de trabajo artístico.

Mi hermano, además de músico, es sonidista, y cuando toca y opera al mismo tiempo se esfuerza por mejorar la performance de su banda y también la de las demás. Sus compañeros de banda solían interpretar ese interés en ayudar a los otros como una manera de jugar en contra de su propio equipo. Y su reflexión siempre era “¿Por qué no podemos sonar bien todos?”

Esa frase es aplicable a cualquier tipo de arte: “¿Por qué no podemos escribir bien todos, cada uno desde su visión de la literatura?”. “¿Por qué no podemos pintar bien todos, cada uno desde su concepción de las formas y los colores?”. Esa es la actitud que he encontrado cada vez que formé parte de un grupo literario, y es un poco lo que se encuentra en el centro de la trama de Bakuman, manga guionado por Tsugumi Ohba y dibujado por Takeshi Obata. Esa colaboración artística representa un caso extraño en una industria en la que no se dan bien los equipos guionista/dibujante y donde un solo mankaga suele ser acreditado como autor integral de las obras. Bakuman y otra obra del mismo tándem, Death Note, son los mangas más sobresalientes que he leído en los últimos diez años y son, de hecho, los únicos que he coleccionado.

La premisa que da origen a Bakuman es ésta: dos compañeros de curso en los primeros años de la secundaria, Moritaka Mashiro (también conocido como Saiko, debido a las distintas interpretaciones de los kanjis o ideogramas de los que consta la representación escrita del idioma japonés, algo demasiado engorroso para explicarlo acá) y Akito Takagi (también llamado Shuujin), prometen trabajar hasta convertirse en mangakas profesionales bajo el nombre común de Muto Ashirogi (una contracción de sus nombres y la idea de cumplir su sueño).



En el caso de Saiko, su sueño tiene un componente personal, ya que su tío favorito fue mangaka y rozó la gloria, pero al fracasar en las series que siguieron a su fugaz éxito, se hundió en la depresión hasta morir de tristeza. Shuujin, por su parte, es uno de los mejores estudiantes de Japón según las encuestas y los ránkings que allí parecen significarlo todo, y su decisión responde sólo a sus gustos: sabe que en el futuro podrá anotarse en la carrera y la universidad que quiera, pero elige ser guionista.

Como eso no es lo suficientemente emocionante, y además deja afuera toda la dimensión romántica, entonces se suma algo que a los occidentales nos parece una estupidez pero a lo mejor en Japón tenga todo el sentido del mundo: Mashiro está enamorado de una compañera, Miho Azuki, y prometen casarse después de que el equipo creativo serialice un manga exitoso que sea adaptado a un animé, en el cual Miho doblará la voz del personaje femenino principal… pero también prometen no verse ni hablar hasta ese momento.

Saiko y Shuujin están obsesionados por crear un manga de peleas atípico, luchas psicológicas entre rivales poderosos; lo que es, en definitiva, una descripción de la propia serie, ya que Bakuman está organizado como un manga de peleas, mediante una serie de enfrentamientos en los cuales las armas son páginas y los golpes especiales las distintas estrategias que se utilizan para mejorar el recibimiento por parte del público al que se apunta -ya que en Japón el manga y el animé no son considerados (como en casi todo occidente) entretenimiento para niños sino que hay miles de series dirigidas a diferentes públicos.

Hay varias características que se pueden destacar en la serie: la descripción del proceso creativo, la labor de los editores en la producción de un manga, la importancia de los ayudantes en la elaboración de las páginas (fondos, tintas, tramas). Pero me impactan en especial dos cosas: el peso de las estadísticas y el marketing en las decisiones que se toman respecto al flujo creativo, y la dialéctica amigo/rival entre Muto Ashirogi y los demás mangakas que comparten las páginas del Shonen Jump con ellos.

Respecto al primer tema, choca un poco el peso que tienen en el proceso creativo las encuestas y la popularidad: da la impresión de que los autores dejan de lado la pretensión de crear algo que encarne sus intereses y sus gustos y se rigen exclusivamente por las encuestas, las que determinan que aquellos mangas que salen últimos sean descartados y se los fuerce a concluir. Supongo que no es demasiado diferente a lo que ocurre con los cómics norteamericanos y las cifras de ventas mensuales, pero lo enervante es la sujeción a una encuesta semanal que obliga a los autores a dar giros forzados a sus historias, a supeditar su visión artística a los votos de los lectores. Cada autor debería formar un público, no al revés.

Respecto al segundo tema, en los primeros tomos de los veinte que conforman la serie, los autores jóvenes que van logrando publicar en el Shonen Jump conforman un grupo cohesionado por la competencia bien entendida. Más allá de la excelente caracterización de personajes, la intriga que nunca decae, el retrato de la vida diaria de los creadores de manga, lo que más rescato de Bakuman es esa demostración, si bien ficcional, de que en el arte es posible la buena onda y la crítica constructiva, de que aquellos que comparten tu intereses artísticos son hermanos de armas, a la manera de los caballeros medievales.

En uno de los tomos Saiko, Shuujin, Shinta Fukuda (el punk, el revolucionario), Eiji Niizuma (el genio, que no sólo tiene una capacidad innata para crear mangas si no que también lo disfruta), Kazuya Hiramaru (otro tipo de genio al que las cosas le resultan tan fáciles que no quiere invertir el menor esfuerzo en ellas) y Koh Aoki (la escritora de estilo dulce y fantástico) se reúnen para criticar las obras de todos entre sí y ayudarse a mejorar a pesar de ser rivales. Esas ganas de ayudar al otro, esa competencia leal, es la respuesta, aunque apuntada a otro arte, a la pregunta que viene haciendo mi hermano desde hace años: “¿Por qué no podemos hacer un buen manga todos?”

Y la verdad es que no hay motivo.


Lamas Médula 7-Doctor Who

Doctor Who: Cuando todo era nuevo

Sep 10, 2016

Por Cristian Carrasco.



El Doctor es un Señor del Tiempo del planeta Gallifrey; un ser que, al momento de morir, puede regenerarse, cambiar de cuerpo y de personalidad, y así vivir miles de años. Su nombre se desconoce, por eso el nombre de la serie es Doctor Who (“Doctor Quién?”). En compensación, tiene muchos apodos y títulos (“La tormenta inminente, El loco con una caja, El hombre andrajoso, El presidente de la Tierra”). Es el azote de cientos de razas conquistadoras a lo largo del universo. Por suerte, está de nuestro lado.



Cuando tenía cuatro años, mi hijo dibujó varios garabatos con forma de círculos más o menos llenos (como un tornado visto desde arriba, para ser gráficos), y los pegó en toda la casa: en paredes, muebles, debajo de la mesa. Se paraba al lado de uno, ejecutaba un movimiento rápido contra el dibujo y después corría hacia otra hoja pegada para hacer de cuenta que acababa de salir de ese otro torbellino dibujado.

“Zon poltalez”, explicaba. Portales.

Aprendió a imaginarlo y a decirlo antes de saber articular bien todas las letras del abecedario. Siendo hijo de un nerd que lee y mira casi exclusivamente ciencia ficción, no tenía demasiada opción. Todo ese bagaje de teorías de vanguardia de física cuántica y bioingeniería (viajes en el tiempo, agujeros negros, dimensiones paralelas, clones, cyborgs) es algo que trajo incorporado o asimiló desde muy pequeño. Portales, agujeros negros, un multiverso separado en distintas dimensiones (lo que, aunque él aún -y recalco el “aún”- no lo sepa, equivale a la teoría de las supercuerdas): todo eso estaba ya funcionando en su cabecita.

Entonces, cuando le contás que existe un extraterrestre inmortal cuyo nombre nunca se ha pronunciado, que en lugar de morir se regenera y cambia de cuerpo, que viaja por el tiempo y el espacio en una nave viva, consciente, que es más grande por dentro que por fuera, a él no se le mueve un pelo.

Y eso es lo maravilloso de Doctor Who: es la serie más longeva de la historia de la televisión, viene inoculando en la cabeza de niños, adolescentes y adultos ideas de vanguardia desde hace cincuenta años, mucho antes de que fueran de dominio público. Si a un lector curtido y crítico puede dejarlo con la boca abierta episodio por medio, me imagino lo que debió provocar en la mente de un pequeñito en los años ’60.

El tratamiento de los temas tenía sus antecedentes en la televisión norteamericana (The outher limits, The thilight zone), pero dichas series carecían de un personaje central que aunara todos los rasgos de la ciencia ficción en un solo individuo: la vida extraterrestre, el viaje espacial, el viaje por el tiempo, la inmortalidad, el saber infinito.

Y utilizo la palabra “inocular” porque la ciencia ficción puede ser muchas cosas: una crítica de la actualidad, una predicción de aquello por venir, un disparador que lleva a la imaginación hacia lugares nuevos y maravillosos (y por eso no es extraño que los tres guionistas de cómics más importantes de los últimos 30 años, Alan Moore, Grant Morrison y Neil Gaiman, hayan sido, primero, fanáticos de Doctor Who y, después, hayan escrito acerca del personaje en cómics o en la misma serie de televisión). Pero la ciencia ficción es también una vacuna contra el asombro paralizante: cuando lo increíble se materializa puede inmovilizarte su grandeza (lo que corresponde más o menos la idea de lo sublime, del Ángel Terrible) a menos que tu mente haya tenido algún contacto previo con lo imposible a través del arte.

Doctor Who fue creada en 1963 como un programa infantil educativo: el viaje en el tiempo era poco más que una excusa para mostrar diferentes épocas y enseñar a los niños de forma amena y emocionante algo de historia. Pero entonces llegó el espacio, y con él las distintas razas extraterrestres y entonces ya no se trató de explorar la historia sino a la humanidad: lo que era y lo que podía llegar a ser en determinadas circunstancias, lo que la definía desde sus mejores cualidades y las miles de formas en que podemos desviarnos y caer en extremos dañinos y peligrosos para nosotros mismos y para los demás.

El Doctor es el fan número uno de la humanidad, hace todo lo posible por ser humano, porque cree que toda la bondad y la inteligencia que hay en nosotros es algo más que destellos esporádicos. Y su defensa de la Tierra frente a seres extraños y amenazantes no es sino una metáfora de la lucha del ser humano contra la oscuridad que se esconde en cada extremo de nuestras posibilidades de acción y nuestras ideas.

Los enemigos más característicos del Doctor son desviaciones del ser humano: los Daleks son la corporeización del chauvinismo y el racismo, al punto en que creen correcto matar a todo ser que no sea un Dalek de pura cepa. Los Cybermen son el extremo opuesto, cerebros sin sentimientos dentro de un armazón metálico, que pretenden “upgradear” a los demás para lograr la uniformidad; los Sontarans son seres tontos y embrutecidos que sólo viven para la guerra; y así.

La serie tiene dos etapas: la clásica, que se desarrolló entre 1963 y 1989, y la moderna, que comenzó en 2005. Entre una y la otra tuvo lugar la Última Gran Guerra del Tiempo, lapso durante el cual el Doctor renunció a sus ideales pacifista y con ellos a su título: porque los nombres son importantes, sobre todo los que nosotros mismos elegimos. “Un nombre que elegís es una promesa que hacés”. Y aunque prefiero las traducciones literales, creo que en este caso es mejor adaptar: “Cuando elegís un nombre, estás haciendo una promesa”. Al elegir el nombre de “el Doctor”, éste ser se autoimpuso la misión de sanar al universo, salvar vidas, no dejar nunca nada peor de como lo encontró y, sobre todo, respetar un código de conducta: “Nunca comportarse de forma cruel ni cobarde. Nunca rendirse, nunca ceder”.

Y aunque la finalidad es siempre la misma, los métodos cambian, porque cada Doctor tiene su personalidad: a veces brusco, a veces atolondrado, a veces heroico, a veces mentiroso, pero en cada una de sus encarnaciones hay momentos definitorios que suelen capitalizarse en un monólogo. Mi preferido es el del Doceavo Doctor, el actual, una oda al pacifismo, que apunta a su dimensión lógica, racional: “Cada guerra que se ha librado alguna vez, justo acá frente a ustedes. Porque es siempre lo mismo. Cuando disparas el primer tiro, no importa cuánta razón creas tener, no tenés la menor idea de quién va a morir. No sabés los hijos de quién van a gritar y arder. Cuántos corazones acabarán rotos. Cuántas vidas destrozadas. Cuánta sangre se va a derramar hasta que todo el mundo haga lo único que debían hacer desde el principio: ¡sentarse y hablar!”

El Doctor se enfrenta a imperios galácticos muñido sólo de su destornillador sónico, no un arma sino una herramienta. Su pacifismo y su odio hacia la guerra tienen un origen íntimo, personal: como soldado cruzó límites imposibles de olvidar y de soportar. En sus mismas palabras: “¿Llamas a esto una guerra? ¿A este chistecito? Yo luché en una guerra más grande de lo que nunca vas a conocer, hice cosas peores que cualquiera que puedas imaginar jamás. ¡Cuándo cierro los ojos… escucho más gritos de los que nadie podría ser capaz de contar! ¿Y sabés que hacés con todo ese dolor? ¿Sabés dónde lo ponés? Lo apretás fuerte, hasta que te quema la mano, y decís: “Nunca más nadie va a tener que vivir así, nunca más nadie va a tener que sentir este dolor! ¡No mientras yo esté de guardia!”

He visto esa escena unas diez veces y, aunque no soy una persona de lágrima fácil, cada vez me ha hecho llorar. Y también cada vez analizo por qué me provoca ese efecto cuando no hay nada en la guerra que me pueda afectar emocionalmente de manera tan profunda. Pero no se trata del tema en sí, si no de lo que hay más allá. Cada uno de nosotros ha tenido, en el pasado, un momento terrible, irreversible, que lo ha marcado. ¿Y qué podés hacer con todas esas emociones negativas, con el dolor, con la pérdida, con la culpa y la desesperación? ¿Odiás al mundo, a los demás, les hacés pagar por todo lo que la vida te quitó, por todo lo que te hicieron sufrir?

Esa es una opción, claro. La opción más egoísta y, desde el punto de vista negativo, más humana. Pero desde el punto de vista del Doctor, es una reacción indigna de nosotros: lo más humano sería convertirnos en un escudo que proteja a los demás del dolor, de sus marcas, de sus consecuencias y sus venganzas, de la tristeza y la rabia, del sentimiento de futilidad, de la depresión. Nadie debería sentirse así. No mientras estemos de guardia.


Lamas Médula 6-Segundo círculo

Los nerds, ¿dominaremos el mundo?

Ago 10, 2016 | Reseña

Por Cristian Carrasco.



Segundo círculo es una historieta de género protagonizada por un personaje fanático de esos géneros. Una historia de iniciación frustrada en más de un sentido que se ancla en la identificación entre el nerd y el perdedor. Una historia donde, de forma inevitable, el nerd no puede sino perder.



El segundo círculo del infierno es el lugar al que son destinados los lujuriosos. En serio: si no me creen y son nerds, pueden leer La Divina Comedia; si no me creen y son un ser humano normal, pueden googlearlo.

Segundo círculo, por otra parte, es una historieta escrita por los guionistas Ariel Zylberberg y Federico Menéndez, dibujada por Rodrigo Luján y publicada en la revista Fierro en el año 2010. En esa época yo no leía Fierro. Si me dan a elegir, prefiero la historieta más aventurera y con mejores dibujos de Skorpio, con Lucho Olivera, Mandrafina, Lalia y la dupla perfecta compuesta por Mazzitelli y Alcatena; o el reinado de Robin Wood en las ediciones de Columba… pero ahora que esas otras colecciones ya no existen, leer Fierro es imperativo si querés saber qué está pasado en la historieta argentina.

La trama de Segundo círculo es sencilla: Ezequiel, un nerd gordito y lleno de acné, vende algunas piezas de sus colecciones para debutar con Mandy, una prostituta que vive en su edificio y de la cual está “enamorado”. Pero justo en ese momento ella es secuestrada por aliens que buscan chicas para Segundo Círculo, un prostíbulo intergaláctico. Ezequiel y Alejandro, un empleado descontento del cabarulo espacial, viajan para recuperar a la chica y vengarse. Una vez ahí son ayudados por Penélope, una mujer con cuerpo de araña que saca sus ideas acerca del amor de clásicos de la literatura terrestre.

Según los autores, el germen de la obra está en la frase “Un perdedor siempre está en su casa cuando lo llamás”, identificando al nerd con el perdedor. Porque no debemos olvidar que la figura del nerd empezó a ser marketineable (¡zas! ¡neologismo!) hace menos de diez años. La posibilidad de ganar le surgió al perdedor junto con la mayor necesidad social y laboral de las computadoras, con la normalización de la ciencia-ficción como género de entretenimiento y, finalmente se convirtió en un personaje querible en series como The Big Bang Theory o la más cercana y recomendable Stranger Things.

Honestamente, no me había dado cuenta del hincapié que los autores pretendían hacer en la figura del nerd/perdedor hasta que leí el paratexto del libro. Entonces todo tomó un nuevo matiz. Es bastante lógica la utilización de esa perspectiva y la identificación que los autores sienten frente al tema: dos escritores y un dibujante… No creo que los una lo bien que patean una pelota o la cilindrada de su auto para picadas con el baúl lleno de bafles.

¿Por qué un nerd es un perdedor? Creo que tiene que ver con los deportes: al estar todo el día en su (nuestra) casa leyendo, dibujando o escribiendo códigos de programación, no desarrollan(mos) los músculos y siempre, a la hora del deporte, llevan(mos) las de perder.

Porque de eso se trata ser nerd, de diversiones tranquilas: libros, comics, películas, series; nada de esfuerzo físico, transpiración, músculo, enfrentamientos con otro equipo. Disfrutar sin humillar a otro, superarse a sí mismo en perfeccionismo y conocimiento sin refregárselo a nadie en la cara. El esquema que sigue el perdedor es el de la ciencia; el esquema del ganador es el deporte que, como todos sabemos, es sólo la sublimación (pseudo) civilizada de la guerra.

Hay una clara relación entre el perdedor y el sexo: el nerd no liga ni por casualidad, las minitas aman los payasos y la pasta de campeón… Pero los payasos que se hacen los chistosos, que generan bromas a base de marcar a los defectuosos como motivo de risa, no los que causan gracia por sus taras o su falta de adaptación a los cánones.

La procesión va por dentro: el sufrimiento ante el rechazo y la incapacidad para encajar del nerd adolescente, lo persiguen en silencio hasta el día en que, con suerte, se da cuenta de que encajar es una mierda, es limar sus mejores bordes salientes para meterse en un espacio en el cual algo le impide calzar, un algo que se llama individudalidad, que se llama personalidad, que se llama ser vos mismo y no la copia de una copia de la conveniencia de quienes conducen la sociedad hacia sus bolsillos. Pero también la aventura va por dentro, sin vida social, sin interacción ni grandes hazañas de rudeza física.

¿Y qué pasa cuando surge la aventura externa? El nerd tiene una hoja de ruta mental, no es posible que un suceso paranormal, bizarro, alienígena, lo agarre desprevenido. Si algún grupo humano tiene posibilidades de sobrevivir a cualquier clase de apocalipsis (salvo el cristiano, claro) son(mos) los nerds. Están(mos) preparados para todo: plagas zombies, ataques extraterrestres, parásitos de otra dimensión, robots autoconscientes. Si hay una forma de sobrevivir, la conocen(mos), en todos los escenarios posibles.

Aunque en Segundo círculo aparecen distintos tipos de aliens muy diferentes a los humanos, la idea de la obra es que el espacio es igual a la tierra, se rige por el sexo, el dinero, el poder y la corrupción. La idea está muy bien mostrada porque no se la explica: se la retrata, se la pone en foco y en acción sin mediar razones. Esa es la forma correcta de proceder: cuando dejás de mostrar y empezás a explicar hay dos opciones: o pasaste a dar una clase magistral sin avisar del cambio, o estás ejecutando muy mal una obra de arte.

Como en el planeta Tierra, también en el espacio el amor es algo libresco, una construcción ficcional, textual. ¿Sólo pueden amar como en las novelas los que leen novelas? Y… es muy probable. Por eso, Penélope y Ezequiel, los personajes que leen, son los únicos que pueden amar de la forma en la que estamos acostumbrados a concebirlo, porque así nos lo enseñaron los libros, los cómics, las novelas hechas de páginas y de capítulos filmados, todas las representaciones que dependen de un guión escrito.

Todos los personajes de Segundo Círculo son de una pieza. No hay dobleces ni ambigüedades, cada uno actúa según su condición: Ezequiel el nerd, Penélope la romántica, Mandy la puta, Alejandro el hijo de puta. El final es infinitamente coherente: el amor mata y el cinismo salva la vida, con los bolsillos llenos.


Lamas Médula 5-Koren Shadmi

La carne sigue siendo débil

Jul 10, 2016 | Reseña

Por Cristian Carrasco.



Koren Shadmi, artista israelí radicado en Estados Unidos, publicó sus primeras obras siendo adolescente. En carne viva (editado en inglés en 2009 y en castellano en 2010) es un libro de historietas para adultos, perturbadoras tanto a nivel emocional como intelectual, sin un héroe protagonista y sin personajes reincidentes, enhebradas por una mirada equivalente no al ojo del forense sino del infectólogo que enfrenta un caso terminal.

En carne viva de Koren Shadmi es un libro de ciento treinta páginas compuesto por diez historias autoconclusivas de distinta duración (van desde las cinco a las veinticuatro páginas) que, salvo dos excepciones, tratan acerca de las dificultades para establecer una relación de pareja en nuestro mundo actual. Sin llegar al nivel de un episodio de Black Mirror, en todas las historias hay elementos que refieren a la incidencia de la tecnología y la modernidad en la vida de los personajes: Internet, televisión, fotografías, comida rápida, elementos radioactivos, incomunicación buscada y conveniente, psicoanálisis.

La realidad que representa Shadmi no es de ciencia-ficción ni de terror. Aunque toca esos géneros de forma tangencial, se aleja de sus representaciones más convencionales para conservar guiños y detalles con peso propio. La suya es una realidad enfermiza, atravesada por gérmenes provenientes de universos irreales, que crecen como una infección. Un mundo cortazariano, donde lo raro se hace carne a nivel cuasi-microscópico: en casa, en el trabajo, dentro de la pareja, sin afectar al resto del mundo, cuya cotidianeidad inmutable realza la extrañeza puertas adentro.

Como debe suceder en un buen libro de poemas o relatos, cada pieza que conforma En carne viva obedece su propia lógica interna a la hora de ser narrada. Hay historias sostenidas por monólogos, otras contadas a través de cuadros de diálogo, en ilustraciones a hoja completa, en una sucesión de páginas que, de ponerse una al lado de la otra, formarían un tapiz de Bayeux de la desesperación amorosa: se llama al olvido que se niega a venir, que se aleja más mientras más se lo invoca, porque la consciencia de no poder olvidar es la forma más efectiva de recordar hasta el infinito.

En las historias que se centran en las relaciones entre los sexos, las mujeres son el mal, el peligro, lo que lleva la ruina. Desde mi punto de vista, el tema que se toca es la crueldad femenina. Y supongo que desde el punto de vista de una lectora, pueden tratarse de la debilidad masculina. El significado depende del posicionamiento del lector. No sucede con la trama, la anécdota o la caracterización de los personajes, elementos en los que es muy posible conciliar una apreciación, pero el significado siempre se forma en la intersección entre la obra y el lector, que aporta, queriendo o no, todo lo que hay dentro suyo a la hora de generarlo. Por ello, el significado que se obtiene de cualquier obra de arte habla tanto de la obra como del receptor.

Ya desde la portada se evidencia el tipo de relación entre hombres y mujeres que se exhibe en el libro: un hombre sentado en una silla, imagen icónica del rehén torturado, con los ojos vendados por el largo cabello de una mujer que flota, fantasmal, sobre él.

No se trata de misoginia, creo, sino de las cicatrices que relaciones fallidas dejaron en el autor. Las mujeres no se comportan como personajes malvados, lo que tal vez no sea decir mucho ya que un malvado nunca cree serlo. Su racionalización, refugiándose en los extremos, suele calificarlo como más inteligente, más fuerte y más astuto que los tontos, débiles y cándidos que lo acusan de maldad.

Si no queremos calificar a los personajes en buenos y malos, en fuertes y débiles, tal vez podamos convenir en que las mujeres actúan mientras los hombres se ahogan en el remolino absorbente de sus reflexiones sin fin, después de intentar salir de la soledad sólo para golpearse contra el engaño, el rechazo, la indiferencia, las perversiones o los desórdenes psicológicos.

El dibujo de Shadmi es realista, curvilíneo, casi sin líneas rectas, lo que le da a los personajes tridimensionalidad y volumen, se los siente pesar en la página, no tienen nada de etéreo, sus rasgos alienígenas o artificiales se licúan en medio de su patente carnalidad humana. De hecho, en una historia que descubre algo tan escabroso como la perversión de un adulto dentro de la familia, aparece un abuelo con cabeza de cámara fotográfica (Abuelito Minolta) y, de forma admirable, ese detalle mecánico pasa a segundo plano debido a la reproducción realista y minuciosa del cuerpo del anciano, gordo, fofo, rollizo, siempre sentado en su sillón.

El título En carne viva (In the flesh, en el original) puede tener resonancias bíblicas en la famosa frase de la carne débil que lleva al ser humano a la perdición, ya que en estas historias el amor y el deseo son carnales, corporales, con una alta carga de sensualidad. Si bien hay mucha introspección, no se trata de la idealización previa sino del sufrimiento posterior.

Las historias suelen detenerse en ese momento más allá del cual se deberá buscar una forma de seguir viviendo, aún derrotado y herido, de acomodar en los esquemas cognitivos rotos el nuevo concepto de amor que nace tras el fracaso. Porque para el ser humano sentir, conocer y saber son el mismo acto y cuando se rompe un corazón también se rompen ideas.


Lamas Médula 4 - Saga

 

Saga, lo opuesto a la guerra

Jun 10, 2016 | Reseña

Por Cristian Carrasco.



Saga es el resultado del maridaje entre las fantasías infantiles del guionista Brian Vaughan, clichés manipulados con las herramientas técnicas de un guionista consagrado, y el arte digital de Fiona Staples, quien hace ingresar con toda naturalidad, sin estridencias, el comic al siglo XXI. Es la obra que le devuelve dignidad y profundidad al género conocido como pastiche.



Saga es la mejor serie regular que se publica hoy en Argentina. Ayudó a consolidar el ascenso de Image como la editorial que tiene los guionistas más experimentales y las mejores obras de autor, y es editada en el país por Utopía.

La serie llegó precedida por una cantidad flagrante de premios y por buenas críticas de las páginas web de fans. Eso último es lo que para mí representa una garantía real. Les explico por qué.

En primer lugar, hay algo respecto a los fans de los cómics que ha sido remarcado varias veces: casi todos los que leemos historietas queremos hacer historietas. No es un detalle menor si lo comparamos con otras artes masivas. No todos los que escuchan música, disfrutan del cine o miran televisión quieren aprender a tocar un instrumento, ser actores, directores, sonidistas o camarógrafos. Esa necesidad de colaborar, sumar una nota a la gran sinfonía, suele deberse a la pequeñez del círculo de pares. Es inversamente proporcional: mientras más reducido el grupo, mayor el sentimiento de pertenencia. Eso explica el despecho de los fans de bandas under que acceden a la masividad: para mantener la aceptación del gran público es mayor la cantidad de concesiones que deben hacerse; por eso, en cada lugar del mundo, los fieles de la religión en franca minoría son los depositarios de la ortodoxia.

El otro factor es éste: para un aficionado con aspiraciones a profesional, el artista no es un iluminado de genio incomprensible sino un colega adelantado, o simplemente un colega que la pegó. El guitarrista aficionado escucha un disco con oídos de productor, el historietista aficionado lee cómics con ojos de editor. Se parece mucho a la manera en que un artista se relaciona con su propia obra tras el primer impulso creativo: no hay lectura ingenua, se buscan los errores, las inconsistencias, aquello que modificar; también los aciertos, para repetirlos y sistematizar un estilo.

Leída con ojos de crítico, de fan o de colega, se llega a la misma conclusión: Saga no necesita casi ningún cambio y contiene varios aciertos que deberían ser imitados. El tratamiento realista de las relaciones humanas, la pareja y la paternidad, del sexo y la violencia (es un cómic para adultos), lo inesperado de los giros argumentales, la precisa naturalidad de los diálogos y el uso milimétrico de la prolepsis: el adelanto de información, lejos de arruinar el suspenso, deja en claro que queda mucho para contar, que en el futuro las cosas serán muy diferentes y seguro valdrá la pena presenciar el paso de una situación a otra. Como toda obra de arte que valga la pena, Saga aborda el tema de la muerte y el sentido de la vida (que tal vez sean el mismo tema) de muchas formas distintas, sumado a la paternidad y toda la basura que debés tragar para mantener a una familia unida.

La narradora de la historia es Hazel, hija de Alana y Marko, soldados de Landfall y Wreath, un planeta y su luna, enfrentados en una larga guerra. No sabemos nada de ella salvo su condición de hija. Gravita, por lo tanto, la pregunta acerca de la paternidad: ¿qué tiene en la cabeza alguien que trae un hijo a un mundo en guerra?, pregunta finalmente realizada por The Will, un cazarrecompensas humano enamorado de una asesina con cuerpo de araña.

Hay un fuerte relación de los personajes principales con la literatura: Alana y Marko descubren las mentiras de la guerra y la posibilidad de escapar de ella en un libro, un manifiesto pacifista disfrazado de novela de Corín Tellado. Hazel es nombrada en honor a la bibliotecaria que le recomendó ese libro a Alana. La presencia de un mensaje poderoso camuflado dentro de una novela rosa recuerda a algo que Alan Moore sostiene sobre los comics: un escritor inteligente y con algo para decir puede aprovechar el poder revolucionario de las formas de arte que están debajo del radar, que nadie toma en serio; es posible colar en ellas todo tipo de mensajes subversivos porque las autoridades nunca los buscarían ahí.

Tanto los personajes como el marco general parten de estereotipos: la mujer fuerte, viciosa e irresponsable; el pacifista lleno de secretos que puede convertirse en una máquina asesina; el político/militar que no puede dejar un cargo que le pesa por mandato familiar; el cazarrecompensas con buen corazón y límites morales propios; el escritor borracho; en cuanto a las situaciones, el enfrentamiento entre la magia y la tecnología; una guerra de la cual ya nadie recuerda el comienzo; dos amantes que pertenecen a bandos enfrentados. Pero desde esa base reconocible se proyectan y profundizan.

Marko, por ejemplo, parece el tipo más buena onda del universo, pero esconde violencia y furia producto de una vida de batallas: la guerra hace ver a las personas el lado más oscuro de la humanidad y las consecuencias de ese contacto nunca pueden borrarse.

Fiona Staples dibuja directamente en la computadora, tiene una gran noción de la narrativa y muy buen sentido del diseño, tanto en lo que se refiere a los personajes como a las naves y las locaciones. La idea es que ella sea la única dibujante de la serie: esto no sólo le da sentido de unidad a la obra sino que el dibujante se siente obligado a dar lo mejor, ya que mantener el nivel de calidad artística es su responsabilidad exclusiva. Lo bueno de las series de autor es que podés estar seguro de que la visión artística original se va a respetar, como ocurre en las que, básicamente, han sido las mejores series de estos últimos veinte años.

Lo que realmente hace de Saga algo especial es la mezcla, la ambientación bizarra que se da por sentada desde el principio, sin explicar ni justificar nada. La atmósfera se logra a la perfección y el efecto general es que Saga no se parece a nada que haya en el mercado: una historia de amor, guerra y relaciones familiares con niñeras fantasmas partidas al medio, androides de la realeza con cabeza de televisor, perros que arrojan dardos somníferos y gatos que detectan mentiras.

Existe un nombre para lo que hace Brian Vaughan: pastiche. Suena a algo endeble y tonto, a algo que se masca y se tira, pero eso se debe al uso vulgar del término (utilizado para referirse a cualquier cosa sin peso propio) y al hecho de que el pastiche, cuando no tiene en él nada más que valga la pena salvo las referencias a otras obras, sólo puede ser encuadrado como parodia: es una parodia múltiple, que no se ríe de uno sino de varios géneros u obras a la vez. Pero Saga no se ríe de la fantasía, ni de la space-ópera, ni de la road movie de fugitivos, ni de la historia de amor prohibido, ni de la saga familiar: los vigoriza y resignifica. Saga es una máquina hecha de palabras y dibujos que se alimenta de clichés para producir escenas emocionantes llenas de ideas que desafían nuestros preconceptos.

Lamas Médula 3 - Usted está aquí - de Pablo Yoiris

Un diablo narra el vacío

May 10, 2016 | Reseña

Por Cristian Carrasco.



Etiquetar es nuestra manera pequeña y estúpida de predestinar a los demás pero, como Pablo Yoiris lo sabe, la verdadera predestinación se ejerce administrando el acceso a las opciones. Si no tenés lugar propio y no tenés oportunidades, ¿quién sos, qué sos, qué podés aspirar a ser? La respuesta a todas las preguntas se acerca demasiado a la palabra nada.



El ser humano no es el animal que ríe ni el animal que llora: es el animal que etiqueta. La mente se tranquiliza cuando algo puede etiquetarse. Encerramos a una persona en una definición y eso nos da la seguridad -falsa- de que siempre va a comportarse de la misma forma: sus reacciones quedan fijadas dentro de un rango ultrarreducido de posibilidades y podemos predecirlo todo respecto a él. La etiqueta abre a la posibilidad de convertir el prejuicio en lógica pero lo único que logra es caer en el agujero negro de la tautología: un preso es un preso, un asesino es un asesino, un estudiante es un estudiante. Los roles, reducidos a una sola palabra que abarca todo lo que queramos colocar dentro de ella, son imposibles de intercambiar o modificar. La complejidad se crea por adición, generando una intersección de conjuntos: burbujas de datos homogéneos con zonas de contacto donde habita lo complejo.

Respecto a la literatura, también hay frases que sirven como etiquetas y pretenden dirigir la manera de hallar y sacar provecho de las fuentes con que se da forma a una narración: “Escribe sobre lo que sabes”, “Conócete a ti mismo”, por un lado; “Nada de lo humano me es ajeno”, “Las campanas doblan por ti”, por el otro. Indican dos direcciones opuestas, como suele ocurrir en nuestro universo de elecciones binarias: la literatura debe asentarse fuertemente en las propias vivencias, centrarse en las particularidades de un tiempo, lugar y persona; o la literatura debe ser universal, apuntar a los rasgos invariables de la humanidad (suponiendo que tal cosa exista).

Escribir acerca de lo que todos podemos experimentar merced a nuestra condición de seres humanos le brinda al producto final -al libro- un piso firme de identificación y asentimiento: el lector tiene la posibilidad de corroborar en su vida diaria que los hechos que le presentan como ficción y las personas que se le presentan como personajes efectivamente suceden y existen. Escribir acerca de lo particular, de los universos personales en cuyo interior nos movemos (realidades alternas de bolsillo dentro del mundo que consentimos en considerar único y verdadero) suma profundidad y sorpresa. Suena a ciencia ficción, pero Paul Éluard ya nos hizo entender, hace mucho, que hay otros mundos y están en éste.

En Usted Está Aquí, Pablo Yoiris recorre ambos caminos: desde su cualidad de ser humano habla de lo que todos conocemos (la familia, la violencia, el desamor, la inmoralidad de los políticos) y, desde su rol como profesor de literatura que da clases en una cárcel federal, de lo que él particularmente conoce (los libros, la docencia, las actividades criminales, el encierro). Para ello, haciendo uso de una prosa seca, parca y filosa, describe a un personaje central que es etiquetado de inmediato (“Usted está aquí por matar a su madre”).

El narrador creado por Yoiris se describe a sí mismo como el “diablo personal” de David, protagonista y presunto receptor de la narración en segunda persona que leemos. No es un narrador fiable, algo acostumbrado en la narrativa moderna. Lo que no es tan común es que no haya motivo para esa falta de veracidad: cuando un narrador miente solemos saber, tarde o temprano, a qué se debe, qué fines persigue con ese ocultamiento o desvío de la verdad. Tal vez, tratándose de un diablo, mentir sea simplemente parte de su naturaleza.

David ha nacido privado de toda oportunidad y no puede aprovechar aquellas que va consiguiendo en el camino, nunca debidas a los organismos que deberían garantizar el acceso a todos los ciudadanos a una vida mejor, sino al mero azar o a la conveniencia de otros. Su paso por el mundo es un recorrido sinuoso entre los peores escenarios que puede ofrecer la sociedad: la pobreza estructural, la religión y las telenovelas como consuelo idiota, el robo organizado de las bandas ilegales y la política legal.

La frase “Usted está aquí” se refiere a la cárcel, el único lugar con estatuto de realidad en la vida del protagonista. David no puede sino estar siempre de paso, lo único permanente en su vida es el carácter transitorio de todos los lugares y todas las personas; hasta llegar a la cárcel, lugar definitivo por la imposibilidad de escapar de ella. No ha habido un hogar materno, una familia que contenga, una escuela o un barrio que genere un mínimo sentimiento de pertenencia, ni siquiera tiene la dudosa suerte de ser un engranaje de tamaño estándar que quepa en cualquier espacio vacío en la maquinaria.

En su camino aparecen personas que desean ayudar, pero es el propio sistema quien borra a esas personas, las anula, las aleja para que no puedan seguir brindando oportunidades que fueron creadas y son mantenidas para otros. Como en El juguete rabioso de Roberto Arlt, las oportunidades le llegan a David sólo para provocar su ira frustrada al perderlas. Así, el diablo que lo interpela va sumando episodios que narra con deleite porque son su clase de historia: uno de esos pequeños ascensos destinado a una gran caída que todo diablo adora contar.


Lamas Médula 2 - All Star Superman

 

ALL-STAR SUPERMAN: Arder, no desvanecerse

Abr 10, 2016 | Reseña

Por Cristian Carrasco.



Lo malo de escribir acerca de algo tan innegablemente bueno y tan popular como All-Star Superman es que lo han hecho cientos de personas antes. Pero lo importante del arte no es su popularidad, su factura técnica ni sus cifras de ventas, sino la manera en que afecta individualmente, a nivel intelectual y emocional, a los receptores.



Las formas de arte masivas basculan entre lo sublime y lo rastrero pasando por lo meramente entretenido, que forma el grueso de la producción de cualquier industria cultural. Las obras sobresalientes son escasas y, por ello, valiosas. La obras maestras, aún más.

Reconocer una obra maestra es sencillo: la trama y la representación artística son producto de una técnica depurada por los años y la práctica, pero además hay en ellas un mensaje, un planteamiento filosófico, una visión determinada acerca de lo que el ser humano es y debe ser; conforman un legado, sobreviven al tiempo, porque el sentido que generan no depende de su época y su contexto; hay algo de universal y eterno en una obra maestra. Por eso el arte es mi religión, supongo. Y en toda religión el iniciado pretende esparcir la palabra, contagiar su fe. Por eso quiero que mis hijos lean las obras maestras del cómic, porque va a colaborar con su formación como seres humanos.

All-Star Superman, miniserie de doce números guionada y dibujada por Grant Morrison y Frank Quitely, es una obra maestra.

Hay algo en los cómics de superhéroes que nos hace mejores. No son las peleas, la venganza, el fascismo implícito en la idea de que quien pega más fuerte tiene razón; sino la entrega a un ideal, la capacidad de renunciar a partes enteras de tu vida para cumplir con lo que tu propia consciencia considera un deber. En palabras que mis hijos entienden: hacer lo que está bien en tu cabeza y en tu corazón. Ese es el código del héroe.

En All-Star Superman, Kal-El está desahuciado, moribundo, víctima de una trampa de Lex Luthor. Es una historia definitiva en el sentido final y arquetípico; no sólo es un testamento sino también ese momento definitorio borgeano en el que una persona sabe realmente quién es. Superman no ocupa su tiempo buscando una cura, se fuerza al máximo para salvar a todos los que pueda en el corto tiempo que le resta.

Su costado ideal, los valores, las convicciones, la ética, es algo que siempre me ha acercado a los superhéroes. ¿Quién más estaría convencido de que un gran poder debe usarse para ayudar a los demás? ¿Y no por conveniencia ni por la gloria, sino porque se presenta como la única posibilidad lógica? Superman representa por entero esa convicción. No pretende ser un dictador ni un líder, sólo estar ahí para la humanidad, sin interferir con sus vidas salvo en el momento de crisis, para ayudarlos a levantarse cuando caen.

En el episodio 10 -una sola página elegantemente dibujada por Quitely- Superman evita el suicidio de una adolescente con un abrazo y una frase de aliento. ¿Acaso es necesario venir de otro plantea, volar y desviar meteoritos a golpes para hacer algo así?

El heroísmo es otro componente de los cómics que me fascina. Llegué a la historieta después de una niñez y preadolescencia solitarias leyendo mitos clásicos, y desde el principio consideré a los superhéroes la mitología de nuestro tiempo. Cada mito es una explicación pre-científica del funcionamiento del mundo. Los dioses son la forma en que una cultura desacostumbrada al reduccionismo conceptual podía representarse mentalmente los estados ideales del ser humano. Morrison toma la faceta mítica de Superman y estructura los doce episodios de la serie como un símil de los doce trabajos de Hércules. Para remarcar los tintes mitológicos, aparecen Atlas y Sansón, personajes habituales en los episodios de la Golden Age. El Superman de Morrison deja de ser un héroe, un semidiós, y se recibe de deidad: los dioses que han muerto por la humanidad o la han hecho avanzar han sido siempre dioses solares, relacionados con la luz y el fuego, elementos vitales. Superman se convierte en un dios solar, en Prometeo, en Helios, en Ra, en Jesús. Como siempre sucede con Morrison, las referencias son demasiadas y polisignificantes.

Como todo artista, Morrison se repite. Cuando la obsesión de un creador gira alrededor de un concepto infinitamente grande, puede pasar la vida acercándose a él, acechándolo desde distintos ángulos y perspectivas sin agotarlo nunca, profundizando ese tapiz fractal que es cada tema con honda resonancia humana. Se vislumbran todo el tiempo el espejo borgeano y la recursividad kafkiana: el reflejo repetido una y otra vez abre a modificaciones y a la existencia simultánea de los opuestos; Zibarro es un bizarro al cuadrado, el negativo de un negativo que no alcanza a ser la copia exacta del original; Bar-El y Lilo son kriptonianos sin los valores que Kal-El aprendió de sus padres terrícolas; Atlas y Sansón son el hombre más poderoso del panteón griego y judeocristiano; la kriptonita negra genera a un Superman maligno; el egoísmo de Luthor es lo contrario a las enseñanzas de los Kent; el juego de espejos articula toda la serie.

Morrison retoma temas y personajes de obras anteriores y nos habla del mundo como un todo, del universo sostenido por el poder del pensamiento, presenta a la maldad y a la destrucción como lógicamente estúpidas: todos somos lo mismo, estamos dibujados sobre el mismo papel, ¿por qué querríamos prenderle fuego a ese papel?

Pero al mismo tiempo, Morrison sabe que el Superman que conocemos está incompleto sin Clark Kent. Las relaciones familiares acercan al personaje, la presencia de padres apuntalan la identificación, necesaria para darle un efecto de realidad a cualquier historia de ficción. Lejos de los errores de las películas de Snyder, los Kent son personas generosas que alientan a su hijo adoptivo a ayudar a los demás sin importar las consecuencias.

Tal vez por eso All-Star Superman me hace pensar en mis hijos: ¿qué voy a enseñarles? ¿Qué clase de personas quiero que sean? ¿Los hombres y mujeres nobles son héroes a los que admirar o son las víctimas nietzcheanas, débiles presas de un superhombre para quien la moral es un ridículo impedimento rechazado?

La pregunta es retórica: ya conozco mi respuesta.

Lamas Médula 1 - MGMT

MGMT como despertador

Mar 10, 2016 | Música

Por Cristian Carrasco.



MGMT es una banda norteamericana de synthpop psicodélico formada por Andrew VanWyngarden y Ben Goldwasser. Su estilo, terriblemente ecléctico, combina hits pegadizos altamente bailables con temas densos, melodías suaves con largos pasajes de sonidos superpuestos que ascienden en un crescendo orgiástico. Hasta el momento, tienen tres discos de estudio: Oracular Spectacular, Congratulations y MGMT.

 

Recuerdo haber visto el video de “Kids” en la sobremesa de un asado. Cambié de canal casi en seguida. Para quienes no lo conozcan, el video de “Kids” muestra a un nenito dentro de su cuna, siendo aterrorizado por monstruos de plástico. Ahora que conozco más a la banda, sus letras, a lo que apuntan con sus canciones, es más fácil comprender el video, pero sigue molestándome.

Torturar psicológicamente a un nene no es algo con lo que pueda estar de acuerdo, pero el mundo está lleno de cosas que nos torturan psicológicamente a todos, a cada minuto, sin que nos quejemos demasiado. Y de eso, entre otras cosas, se trata el tema y video. También de la normalización: de cómo lo horrible se vuelve normal y deja de causarnos un justo horror.

Mi segunda aproximación a MGMT fue hace unos meses. Estuve tres días encerrado en mi casa frente a la computadora. Dejé que la lista de youtube siguiera reproduciéndose y en algún momento aparecieron “Time to pretend” y “Electric feel” y ya no hubo vuelta atrás. De ahí a bajar sus tres discos de estudio hubo un paso, y desde ese momento son la banda de sonido de mi vida, hasta que encuentre algo mejor.

Los dos primeros temas que escuché, “Time to pretend” y “Electric feel”, son considerados los más comerciales de la banda, aunque esas reservas me importan bastante poco. Son buenos temas y los videos tienen toda la onda. Si veo gente tirar pilas de dólares a una hoguera, bajar la luna y cortarla como en una cesárea para sacar de ahí un arcoiris líquido con el que pintarse la cara previo a una especie de rave arcaica al mejor estilo Terence McKenna, a mí me cabe.

Además, respecto a lo que es o no comercial, siempre he pensado que tener personalidad es seguir los propios gustos y las propias ganas vayan con la corriente o no. Si lo que te gusta es lo mismo que le gusta al resto de la humanidad, joya. Si lo que te gusta no le gusta a ningún otro ser humano sobre la tierra, joya. Ir todo el tiempo contra la corriente también es dejarte manejar, pero por oposición, y también está contemplado por el sistema, como sabe cualquiera que haya visto Matrix o Snowpiercer.

Algo de esa idea, de hecho, hay en la letra de “Time to pretend”: la vida de los que renuncian a un laburo de ocho horas y una familia puede estar tan guionada como la vida de quienes lo aceptan; con pasos a seguir, con estaciones insoslayables: cambiar una modelo por otra, olvidar tus raíces, morir ahogado con tu propio vómito. Esa “otra vida” que nos venden a través de las películas y las biografías de actores o músicos famosos es otro guión cultural, igual de inamovible y vaciado de sentido que la vida del oficinista promedio. Todo se resume en la frase “everything must run its course”: las cosas están preparadas de tal modo que, elijas lo que elijas, termines acatando un guión y hagas lo que debés para que todo siga su curso.

Otro tema que destaco es “Siberian Breaks”, del álbum Congratulations. Es un tema de 12 minutos dividido en varias secciones con su propia personalidad rítmica, atmosférica. Me recuerda a los temas supercortos que se suceden al final del Abbey Road de los Beatles (Mean Mr. Mustard, Polythene Pam, She came in though the bathroom window, Golden slumbers, Carry that weight). Y que una banda te haga acordar a los Beatles nunca puede ser una mala señal.

Tanto en las letras como en las melodías, las tres obras de la banda son bastante equilibradas, une los temas un clima que transcurre de principio a fin y mantiene la coherencia, por lo que es difícil encontrar uno que sobresalga: son necesarios para el producto final, partes de un totalidad que los reclama. Aún así, puedo hacer una lista de los que más me gustan.

De “Oracular spectacular”:

“Time to pretend”

“Electric feel”

“Kids”.

De “Congratulations”

“It’s working”

“Song for Dan Treacy”

“Flash delirium”

“Brian Eno”,

y el último tema, que da título al disco, “Congratulations”

De MGMT:

“Introspection” (aunque es un cover)

“Your life is a lie”

“Plenty girls in the sea”.

Pero lo que más me gusta de MGMT es que no sea complaciente con su público. No los tranquiliza, no les dice lo que quieren oír. Genera dudas, describe la vida desde cosmovisiones poco comunes. De otra forma no se pasarían tres minutos repitiéndole machaconamente a quien los oiga “Tu vida es una mentira”. Claro que a cierta clase de público sí puede gustarle. De hecho, “Your life is a lie” es el tono de alarma de mi despertador. Lo que sólo confirma que hay gente para todo.