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Thursday, April 29, 2010

Ana en el río negro - de Héctor Kalamicoy

Ana en el río negro.

Paramos por las señas y estacionamos en la banquina. En Chichinales, la Policía caminera da indicaciones acerca de cómo superar la etapa del Valle del Río Negro sin contratiempos. Ya pasó el calor, son cerca de las siete de la tarde.
Descansamos bien, no, no tomamos nada, rico el asado en Choele Choel, sí, vimos la capilla de Ceferino.
Tomaron vino y no les interesa la meseta. La muchacha se alegra por la facilidad que demuestran estos dos para fabular coordinadamente.
Sabe que engañan pero no se engañan, quiere terminar el pensamiento y se concentra en la charla de ellos. Se nota cansada. De golpe focaliza lo que dice el oficial moreno en su uniforme azul.
Costó quinientos mil pesos al gobierno de la provincia. Tiene la cabeza tallada en mármol italiano bendecido por el Papa. El resto es de hormigón armado. No alcanzó la plata. Tome un folleto.
Lo atrapa con esfuerzo antes que Tomás o Pablo estiren la mano.
Cinco metros de altura con traje y un peinado formal, veinte toneladas con un rosario y una Biblia. Atrás del muñeco, la estepa, adelante, miles de feligreses. Una función de títeres.
Grandote eh –se admira Ana del folletín midiendo lo que ve- Pero con eso que costó pudieron arreglar la ruta amigo ¿No le parece?
No quiero que se sienta mal -piensa Ana-, pero mucha fe me molesta en este país venido a menos, y con este calor. Comenta después.
Tenes razón, asienten ambos, este país se va adonde siempre fue. En cualquier momento explota y no queda nadie, sólo un hoyo en la tierra y gente llorando.
Ceferino Namuncurá es el santo de la región, si ustedes se encomiendan a él no les va a pasar nada. Aunque la ruta esté llena de peligros no van a salir lastimados. Hace milagros, asegura el oficial. Como si no hubiera escuchado a Ana Laura.
Ponen en marcha el auto, un Volskwagen Weekend.
Se parece al títere ese de mármol del folleto, ¿no Pablo?
Para mí, es el hijo Ana.
El policía se va haciendo chiquito, más pequeño aún en la cabeza que en los pies. Un punto negro en la luneta trasera. Ana piensa que no lo volverá a ver nunca más y le invade una sensación extraña. Pablo vuelve a prender un lucky. La nube de humo se va rápidamente.
Menem lo hizo. Ahí está su Argentina.
No, ¡Qué decís!. Trae desgracias el innombrable.
Ella sube la ventanilla lentamente. La pensadora del coche y la intelectual. La quiero mucho, por eso viajamos. Para no separarnos.
Antes del puesto de caminera y el santo patagónico, pasando Chelforó, el río Negro se ha dejado ver un par de veces a través de mesetas y jarillas. Pablo me señaló al costado de la ruta y tardé en frenar, pero hice marcha atrás y pudimos acercarnos unos cincuenta metros a un ternero tirado al costado de la ruta. Ana no se animó al sol en su estado, pero yo y Pablo caminamos hasta el animal de cuerpo sumido hasta la transparencia bajo el sol. Unos melancólicos buitres se espantan con nuestra llegada. Levantan vuelo y planean en círculos allá arriba.
El mismísimo umbral de la muerte y mi amiga no llega a ver.
Respira dificultosamente y levanta un fino polvo que se le pega en el hocico húmedo. Tiene gusanos en el ombligo, una bola que surge por debajo de la curva de la barriga de pelaje blanco. La tristeza se apodera de mí, pienso en otras cosas que van a pasar y miro si en el auto está mi amiga. El cielo empieza siempre en el suelo y en estas tierras todo parece ir en esa dirección. Cáncer, medicamentos falsificados durante un año, mal.
Puto país, vamos.
¿Lo matamos ya?
No, por ahí se recupera, está Ana adentro, acordate.
Ella sigue ahí, sentada en la sombra del coche, con el cabello lacio de un costado. Su figura delgada de perfil y sin voltear a sus lados, tiesa con el libro en la mano, es una caricatura.
Yo leo como una piraña, me comentó una vez, un pequeño mordisco de dos o tres páginas, vuelvo con el montón, charlo, miro TV y de nuevo vuelvo al libro por otro bocado. Ahora se queda con la vista fija en nuestra dirección.
No nos ve, somos sombras borrosas para ella y ella va convirtiéndose en una sombra para nosotros. Tomas no lo acepta.
Pobre animal ¿en serio no queres matarlo? Dale, Tomás, un tiro y lo sacamos de su estado.
No me contesta y me mira con ese gesto tan suyo. A veces lo entiendo. A veces no, y me dan ganas de fumar cuando no puedo alcanzar lo que piensa o lo que siente.
Desde esta distancia escucha el tiro, ni hablar, vamos, me dice seriamente. No le cuentes por favor. Mientras camina, juro que lo entiendo.
Tenemos en el baúl dos pistolas de tiro deportivo, para concursar en San Martín de los Andes. Pablo se queda con ganas, la cabeza rubia gacha, suspendida, de doctor yudoca.
Por el camino hemos baleado carteles en medio del campo y acosado a tiros a un ágil piche solitario a la salida de Río Colorado. Ana se puso mal por el maltrato al bichito, como siempre le pasaba, y rompió en llanto.
¡Crueles!
Respetaba la vida y yo y Pablo no teníamos argumentos para ese tipo de debate.
Igual el bicho se las ingenió para huir ileso.
Manejá vos Pablo, yo voy a descansar un poco.
Tiene la costumbre de molestar a los que quieren dormir. Le pasa lo mismo que a mí, me da por hablar cuando otro se calla. Yo apoyo la cabeza en el cuerpo delicado y suave de mi gran amiga y le sigo la conversación y la respiración. Entro en el gran paréntesis sin querer.
Dormir es como estar muerto, no podes perderte la vida así. Me da golpecitos en la cara con una revista evangélica que nos dieron en un puente.
Tomás me hace reir cuando finge fastidio al despertarse. Un payaso.
El tráfico es lento en verano porque es otro país Río Negro. Por la estrecha ruta circulan grandes caravanas de vehículos de todas las épocas cargados a no dar más de fruta de la cosecha. Es un tránsito que pone los pelos de punta. Camiones viejísimos sin luces, atiborrados de peras, manzanas y duraznos, colectivos de larga distancia que fastidiados por la lentitud se adelantan jugados, un riesgo latente. Pablo tiene nervios de acero. Va atentamente con el cigarro en la boca y el brazo velludo al viento. Con su barbilla prominente es un héroe extraño al volante.
Ana Laura, papá siempre decía que hay que mandarse y no dudar. Pablo le habla pero se da cuenta que ella está dormida y de que Tomás descansa cuidadosamente en el hombro de ella. Se calla y piensa en el torneo, en las enfermedades que se meten en las uniones más fuertes y en el tiempo que falta para llegar a algún lado. Fuma con el cigarro entre los labios respirando el sopor del asfalto.
El viento repentinamente fresco me despierta, y el viaje lo hicimos porque ella lo pidió y también porque yo quería verla bien una vez más, como hace dos veranos atrás, de La Plata a Neuquén y a San Martín; ahora me mira con esos lentes, que aunque desproporcionados a la cara, le sientan de forma extraña. Hablamos durante la mayor parte del trayecto, fue casi un ajustar viejas faltas, y yo me cuelgo siempre a sus ojos porque es algo que me gustó siempre de ella. Son grandes ojos de iris profundos, repletos de oscuridad, que brindan una sensación de paz reconfortante. Paz y oscuridad, algo que ya tendrá en demasía ¿Qué somos al fin?
El viaje por la ruta veintidós es la carrera de los autos locos. Pasando Ing. Huergo se nos pone delante un pequeño rastrojero con verdura que nos marca el paso a treinta kilómetros por hora. El conductor pedalea a todo pulmón y el camión no avanza. Repentinamente un pollo asoma su cabeza de un cajón y vuelve a esconderse como si no hubiese existido. Una visión.
Pablo pide a gritos que saquen esa carreta de verduras del camino.
Depuren el país, ya. Eso no puede circular por el asfalto.
Ya vamos a llegar, le calma Ana.
Yo ya me pasé adelante y pongo a Los Redonditos en el coche para darle más alegría a un viaje lento, sufrido y caluroso. Entre Mainqué y Huergo el tráfico se libera un poco y tenemos oportunidad de poner a más de cien el auto. Pero pasando Mainqué, a tres de Cervantes, otro puesto de caminera aparece de improviso frente a nosotros, luego del terraplén del puente sobre un canal de riego. La subida nos deja sin perspectiva visual y cuando bajamos la loma, varios policías mueven balizas luminosas en la tarde que cae. Parecen operadores de aeropuerto con balizas improvisadas de luces de emergencia. Alguien había despegado ya del suelo.
Definitivamente, no somos los únicos en perder la visión luego del terraplén y en extraviar la paciencia por el tráfico. Al costado de la ruta y muy debajo de la elevación del asfalto, dos autos descansan allá abajo. Se encontraron de frente. Están machacados los dos justo en sus respectivas delanteras. Uno tiene la gente adentro con vida, por el movimiento a su alrededor, y el otro, no sabemos. Este último, un Ford fiesta, parece comprimido y le falta justo un metro. No parece tener espacio para pasajeros vivos.
Unos metros más allá un camión ha volcado y sus ejes duales todavía giran como ruedas de la fortuna, gigantescas y rústicas. Algunos cajones de madera quebrados sobre el asfalto permanecen llenos de fruta, parecen manzanas. El camión no chocó, quizá venía detrás de algunos de los vehículos. Mi amiga se asoma y se preocupa por lo que ve.
Hay un camionero apoyado en un poste del tendido eléctrico, un hombre gordo ya mayor, que se saca y pone la gorra sin atinar a otra cosa.
Nos detenemos por solidaridad, ya que Pablo es médico. Podemos circular a paso de hombre, pero él tira a la banquina el Volskwagen rojo y dice que ya viene. Va hasta el baúl y saca su maletín. Supongo que el juramento hipocrático. El calor a esa hora de la tarde merma y ella puede bajarse mientras Tomás la asiste. Pablo habla con alguien y ayudado por los Bomberos colocan una mujer herida, que está sobre el pasto, en una camilla consistente en una tabla con una frazada.
Uno de los rescatistas maniobra una pinza hidráulica e intenta sacar de entre los hierros lo que resta de una familia en vacaciones. Curiosos que pasan mirando y una nena asoma un celular por la ventana. Van en un último modelo. Espero que no tengan el mismo destino. Modelos nuevos a más de ciento cincuenta, treinta metros para frenar y caminos de carretas.
Está muerta, confirma Pablo a un bombero viejo. No se preocupen por ella, corten ese asiento para sacar al resto.
Una niña está aplastada en su sillita de viaje, dos años como máximo. El Peugeot 206 se encuentra irreconocible. Al lado de ella yace un muchacho que inconciente tiene la cabeza recostada como escuchando el llanto cortado de la niña.
Ana quiere llegar al coche siniestrado para acariciarle la mano y reconfortarla de algún modo. Le grito a Pablo y el le habla a un policía. Este hace señas, no hay problema, avancen. Ella la calma con su gesto de cariño. Ana y la niña y yo sosteniéndola a ellas. Alguien sostiene al mundo en este preciso momento y lo agita por placer.
Que no se duerma, le advierte Pablo cuando pasa a nuestro lado con unas vendas que saca de algún lado.
Luego de un par de minutos los rescatistas pueden cortar la parte delantera del coche y liberar al padre de familia. Son tres hombres trabajando arduamente con la pinza. Habían pedido ayuda a Gral Roca, pero ahí están, haciendo patria entre frutales y carrocería retorcida. Menos mal que la Policía desvía el tráfico, ya no pasa gente curiosa.
Luego Tomás se entera que hay cuatro voluntarios en la localidad y dos de ellos están con quemaduras por el incendio en un aserradero. El tercero en el sitio del choque es un simple cadete que fue ascendido ocasionalmente con un:
¡Vamos que hay un accidente en la veintidós!
Ahora el paisaje al costado de la ruta parece la radiografía de tórax y cabeza del país. Cosas desperdigadas al costado del camino en un dibujo que evidencia la violencia del impacto. Las maletas abiertas derramándose en el suelo, sombrillas, reposeras y bicicletas son el dibujo extraño de un lugar común en la sociedad que se viene devaluando al punto que la gente sale para morir. Y a veces lo logra.
Esa gente ahí tirada y los curiosos que pasaron, el olor del aceite de los motores y el calor de la tarde. La mano tibia de la niña que respira más tranquila. Ana mira a Pablo trabajar y lo siente lejos. Está descompuesta, pero se siente separada de su cuerpo.
En este caso, la familia que los bomberos quieren despegar del coche iba a Villa el Chocón, según los oficiales y el muchacho que ahora recupera la conciencia.
El padre todavía respira en lo poco que queda del asiento delantero y Pablo ayuda a empacarlo cuidadosamente en una camilla. La ambulancia no se decide a venir.
Cubierto en transpiración, mi amigo presiente el tiempo de la ambulancia. Concentrado profesionalmente en eso que ya había hecho muchas veces aguarda con optimismo la llegada del vehículo y le da confianza ver a sus amigos ayudando a la niña.
Ana necesita una ambulancia también. La ve desmejorada junto a Tomás y la recuerda como había sido un tiempo antes. Es la misma, pero con una parte que ya no está. O que aguarda rebelde para morderle el resto del cuerpo y precipitarla al olvido. Tiene que llegar esta ambulancia. Habla con el bombero viejo y mira la ruta vacía, antes tan agitada. Antes de venir le habían dicho eso y quería estar con nosotros, sus amigos. Acá estamos.
La gente nace y muere.
El hombre en la camilla se mueve en un espasmo y se queda quieto. Pablo le toma el pulso con su mano gruesa y curtida y luego trata de reanimarlo. Después de unos minutos prudenciales, desiste y lo tapa con la lona.
No hay caso. Nadie va a llegar a ninguna parte.
Tomás mira a Pablo y se da cuenta de que tiene necesidad de otro Tomás para sostener al médico que se queda sin pacientes. Esto, de golpe era el colmo. Totalmente rodeado de muerte.
La ambulancia llega al fin y carga a la niña, que tiene las dos piernas rotas, y al chico que es su hermano, con una crisis nerviosa y una cara bastante estropeada. Los bomberos llevan a los otros y los policías se quedan a cuidar el escenario, tomar fotos y manotear lo que se pueda llevar para sus casas. Hay que seguir viviendo.
Pablo queda en acompañarlos en la ambulancia y nosotros en seguirlo por la veintidós hasta Gral. Roca. Acomodo a Ana en el asiento del acompañante lo mejor que puedo y noto que ya no pesa nada. Me da una bronca suprema. ¿De qué sirve viajar? Nos hubiéramos quedado en La Plata tomando mate en una plaza tranquila. Sentados esperando el atardecer debajo de un árbol. En lo que terminamos ahora.
Ana no pronuncia palabra. Cerca de la ciudad a la que vamos simplemente recuesta la cabeza contra el cristal de la puerta. Piensa algo de Ceferino, el santo de cinco metros, y se llama a silencio. Se acuerda del animal que Pablo y Tomás dejaron en la ruta. Ve la catedral de La Plata y se concentra en el sonido del asfalto, el sonido del movimiento. Un largo río negro desplegandose debajo del auto. Pura eternidad.
No, pero los quiero mucho.
Cuando llegamos al hospital Pablo se acerca y confirma lo que sucede.
No llega nadie con vida hoy.
Tiene el cigarrillo en la boca y la ceniza tiembla en la noche oscura que rodea todo. Le da una pitada y lo tira al suelo. Baja la cabeza y me da la espalda, pero no se va. Más alla del hospital, increíblemente se extiende una chacra que despide perfume a manzanas y veneno. El olor del Río Negro.


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A esto se le llama usufructuar la genialidad de otro para darle chapa al blog propio.
Kala dice que hace rato que no escribe. Esperemos que eso cambie pronto.

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Friday, August 29, 2008

Acerca de Héctor Kalamicoy

Dos cosas para empezar: primero, no conozco demasiado a Héctor Kalamicoy, pero sí lo suficiente como para saber que es un buen tipo y un talentosísimo poeta y narrador; segundo, formé parte del jurado que seleccionó sus textos, y me hago cargo.
Cuando leí los poemas que conforman Introducción a un feo lugar, conocía el apellido Kalamicoy de oídas. Sabía que se trataba de dos hermanos que frecuentaban las lecturas poéticas y que su estilo era directo y visceral, por eso no me sorprendió lo que leí. Conocí a Héctor alrededor del día en que mataron a Carlos Fuentealba, en una lectura frente a la gobernación donde varios poetas se habían reunido para apoyar a los docentes en lucha. Llegué tarde a la lectura, pero me dijeron que la performance musicalizada de los Hermanos Kalamicoy había sido de las más celebradas. Después lo vi un par de veces hasta que tuve la suerte de escucharlo leer en los Villancicos Vrutales. Cerca de doscientas personas lo aplaudieron y ovacionaron sus poemas. Leyó un texto sobre una docente embarazada que se había suicidado en el colegio en el que él se desempeñaba como ordenanza años atrás. Cuando terminó de leer me corrió un latigazo de rigidez helada por toda la columna. Kalamicoy sabe lo que quiere generar con sus textos. Y lo logra. Y está perfecto.
Y si comienzo con este relato es para refutar a las personas que aseguran que a Kalamicoy nadie lo conoce y que saltó a la notoriedad con el escándalo de hace unos días. Gran parte de las personas que escriben o están en la movida literaria neuquina sabe quién es Héctor. Obviamente que para las señoras que sólo leen a Cohelo o Bucay buscando iluminación, o para quienes no salgan del Olé o la revista Caras, fue una novedad entrar en contacto con su forma de escribir.

En cuanto a la decisión tomada en el concurso de seleccionar los textos de Héctor, por supuesto se basó en parte en el criterio y el gusto personal, pero además en la calidad y en el tono paródico y desacartonado que creo debe imperar en la poesía de mi generación. Solamente una persona muy acostumbrada a tomarse todo en serio (y por lo tanto, que se toma a sí misma y a sus ideas demasiado en serio) puede obviar la evidente ironía y el humor que subyacen en los versos de Introducción a un feo lugar.
Además, la idea era publicar textos característicos de la idiosincrasia neuquina, no necesariamente elegir lo más pintoresco sino tratar de mostrar un rango de interpretaciones lo más variado posible. Dentro de los textos que se seleccionaron, y en cuya publicación tuvo la última palabra el Ministerio de Educación, Ciencia y tecnología de la Nación, hubo cuentos costumbristas, relatos infantiles, poemas de otra índole, que reflejan variadas formas de concebir el hecho poético, textos confeccionados por la comunidad mapuche, etc. Se dio cabida a todas las voces que tuvieran un mínimo de calidad y, al menos en mi caso, se valoró también la sinceridad. Es decir: valoro más poemas furiosos acerca de una cotidianeidad que muchos compartimos y escritos en un lenguaje directo, frente a textos rimados en infinitivo o que construyen, a fuerza de frases hechas y nombres autóctonos sacados del Libro de Nombres para el Bebé, un supuesto color local.
Kalamicoy se define como escritor satírico, en lo que se refiere a esta clase de textos al menos. Lo he escuchado en algunas entrevistas compararse con un boxeador que, parafraseándolo, baja la cabeza y le da a lo que tiene en frente, a su rival momentáneo, con toda la fuerza que pueda hasta hacerlo caer. Desde ese contexto hay que entender Introducción a un feo lugar, desde la furia desatada, desde la válvula de escape, no desde la incitación a la violencia.

Lo interesante del affair Kalamicoy es que toca tantos puntos fundamentales del pensamiento retrógrado que es imposible reducirlos y contestar a todo de una sola vez. En ese sentido, es muy bueno que los diarios tengan una zona de comentarios en sus respectivas páginas web, porque en esos comentarios quedarán por mucho tiempo patentizadas las dos posiciones opuestas. O más de dos, debería decir, ya que quienes están de acuerdo con la expresión de Kalamicoy o con el hecho de que sus textos sean publicados, lo están por varias razones (libertad de expresión, el hecho de que gran parte de lo que dice es absoluta y dolorosamente cierto, la discusión, el debate que se suscitó a causa de los textos, ya que debatir, intercambiar ideas, es algo positivo si no tenés la cabeza cerrada ni te creés el dueño de la verdad), y quienes lo censuran también lo hacen por diversos motivos (se lo llama mediocre, indigno del mote de poeta, maleducado, extranjero en la provincia, desagradecido con la misma provincia, violento, fascista, y un más o menos largo etcétera, expresado desde el punto de vista de personas de bien, educadas, que SABEN lo que se DEBE escribir y leer, motivos que en resumen forman un fresco bastante diversificado de la intolerancia neuquina). Una mujer llegó al extremo de mandarlo a trabajar para salir de esa realidad llena de colectivos con mal servicio y cucarachas (siendo que cuando lo conocí Héctor tenía tres trabajos e intentaba salir adelante con ellos) poniendo en evidencia el pensamiento infantil de que si dejás de ver algo eso deja de existir, como los bebés que se tapan los ojos para que no los encuentren. Es bastante urticante leer los comentarios de esa mujer en particular, que se jacta de no depender del transporte público y tener “gente que se agacha por mí”, pero pasen por las webs de los diarios y veánlo ustedes mismos.
Y me perdí la entrevista en Canal 7, donde seguramente habría también tela para cortar.
Porque, sea dicho de una buena vez, Neuquén es la provincia más chauvinista que conozco. No sé si habrá otra peor en el extremo norte, no he recorrido más allá de Córdoba, pero conozco bastante bien la Patagonia y no he encontrado en otros lugares esa carga de provincialismo, esa reacción espontánea hacia el que desagrada o molesta que dejan salir en un: “Seguro que es mendocino”... “seguro que es porteño”, como si no ser neuquino fuera un pecado conciente del cual el otro debe arrepentirse y evitar reincidir en él.
¿Ser neuquino es un valor positivo, una elección deseable? No. Ser neuquino es como ser cordobés o chubutense o pampeano: es simplemente algo que pasa. Depende de el lugar en el que se encuentren tus padres en el momento de tu nacimiento, nada más. ¿Eso es estructurante? ¿Eso determina la clase de persona que seas? Si mis viejos hubieran salido de Villa Regina el 6 de marzo del 78 y viajado 100 kilómetros para que yo naciera en Neuquén al día siguiente, ¿sería mejor persona? ¿querría más a la tierra? ¿me expresaría mejor? ¿sería apto para todo público?
No sé si se justifica sentirse orgulloso de Neuquén como provincia. No me refiero a la geografía, porque lo que se aprecia de un espacio geográfico es su comodidad o su belleza, cosas que son subjetivas. Me refiero a que desde lo histórico-social no es otra cosa que un espacio vacío quitado a los habitantes autóctonos sólo en virtud de la extensión territorial, rellenado con gendarmes y presos; y más cerca en el tiempo se convirtió en un paraíso sirio-libanés, poblado por su parecido al desierto bíblico y por la presencia de petróleo. ¿De eso tenemos que estar orgullosos? Sin siquiera meternos con el tema de la relegación de los mapuches y la cantidad de tierra en manos extranjeras, o los recursos regalados a las multinacionales, se ve que identificar una identidad y un orgullo neuquino es más bien difícil, si se quiere ser plural y alejarse del chauvinismo ciego.
Neuquen no es una entidad conciente que pueda sentirse ofendida por lo que nadie escriba acerca de ella. Neuquen, como cualquier territorio o cualquier institución, es un constructo psíquico que cada uno genera en su mente y que puede tener más o menos características comunes con los que sean generados por las mentes de otras personas. Quienes atacan a Kalamicoy en nombre de Neuquén mienten. Neuquén no se siente ofendida y no necesita que la defiendan: ellos se sienten ofendidos pero necesitan un escudo, por eso se protegen detrás del “bien común”, del orgullo provincial o las buenas costumbres que supimos conseguir.
Tampoco sé si es posible defender el servicio del Ko-Ko. Todavía recuerdo que hace unos años, cuando mi hija era una bebé de cuatro meses, viajamos a Villa Regina desde Neuquén, en una de esas unidades urbanas puestas como colectivos de media distancia obviando todos los reglamentos de transporte, unidades con asientos de plástico resbaladizos, sin apoyabrazos, donde mi mujer iba tratando de sostenerse con una mano e intentando aferrar a la bebé con el otro brazo mientras el chofer viajaba a 110 por hora, dando giros y tomando curvas sin rebajar, tanto así que Lucía estuvo tres veces a punto de caer al piso; y yo iba al lado, cargado de bolsos, puteando por dentro. Esa tarde yo también quise matar al chofer y tranquilamente podría haber escrito uno de los poemas que tanto conflicto le generan a Héctor. Con menos puteadas, tal vez, pero es una diferencia de forma, no de fondo.
Es interesante también ver cómo se puede ser tendencioso desde los medios de comunicación, cuando por ejemplo, se renombra “Matemos al chofer” a un poema que se llama “Cómo te quiero Ko-Ko”, cuando se coloca una foto de archivo del poeta riéndose, tomada con motivo de la presentación de su libro, un momento feliz que justificaba la sonrisa pero que colocada en medio de la polémica da a quien la mira la impresión de que Kalamicoy está loco o es un perverso, que arma semejante lío y de yapa lo disfruta. Y en cuanto a lo textual, es también una inexactitud tendenciosa obviar que la frase “matemos al chofer” está dentro de una cláusula introducida por un “si” condicional (“Y yo pienso que si vamos a revelarnos hagámoslo ahora...”), lo que coloca todo lo que pueda seguirla en el plano de la irrealidad; no se trata de una arenga, de una frase asertiva o imperativa, sino de una posibilidad en la mente del yo poético invadido por la furia. Pero eso es teoría literaria y pocos de los defensores de la neuquinidad recalcitrante pueden entenderlo, porque no viene impreso en las sábanas de votos que reparten en los actos partidarios.
En cuanto a la acusación de fascismo (una de las mayores incorrecciones que ha deparado el affair Kalamicoy), es mucho más fascista el discurso de los detractores del poeta que la que puede desprende de una lectura simplista de sus textos. En el diario Crítica alguien que no tiene la menor idea de qué significa fascista, calificó con ese término los poemas que integran Introducción a un feo lugar. Y ¿qué es el fascismo?
Según wikipedia (la fuente de más fácil consulta, para que vean que no falseo los conceptos, por eso la utilizo):

El fascismo (del italiano fascio, haz, fasces, a su vez del latín fasces, pl. de fascis) es una ideología y un movimiento político que surgió en la Europa de entreguerras (1918–1939) cuyo proyecto central era el corporativismo estatal, en oposición tanto a la democracia liberal en crisis (la forma de gobierno que representaba los valores de los vencedores en la Primera Guerra Mundial, como Inglaterra, Francia o Estados Unidos, a los que considera «decadentes») como al movimiento obrero tradicional en ascenso (anarquista o marxista, este último escindido a su vez entre la socialdemocracia y el comunismo, que desde 1917 tenía como referente al proyecto de estado socialista que se estaba desarrollando en la Unión Soviética). Radicalmente contrario a ambos, se presentó como una tercera vía o tercera posición,[] aunque el número de las ideologías contra las que se afirma es más amplio.

Uso extendido del epíteto fascista: El epíteto fascista se aplica con fines peyorativos de forma muy extendida el lenguaje coloquial, y muy frecuentemente también en todo tipo de literatura, sobre todo a efectos polémicos o descriptivos, más allá de su adecuación o no a una estricta correspondencia con la ideología o los regímenes políticos fascistas. Se asocia con las posturas políticas de extrema derecha y las ideas y actitudes racistas, intolerantes o autoritarias; y al desprecio por el diferente, el marginado, el que no que piensa del mismo modo o las minorías.

Como ven, nada más lejos de Kalamicoy que el fascismo. De hecho, Héctor no podría vivir en un régimen fascista: estaría autoexiliado o lo habrían torturado durante días, antes de fusilarlo, para que confesara donde se esconden los zurditos como él. Los escritores, los artistas en general, tienen la capacidad de pensar más allá del molde y dar su opinión de forma coherente para llegar a un público que lo comprenda y vea otro lado de la realidad, por eso son peligrosos para todos los regímenes, y más para los totalitarios, entre los cuales se encuentra el fascismo. Con más razón, un poeta que se autodenomina proletario, y que aparte lo es de verdad, que hace uso de la libertad de expresión (libertad fundamental de todo régimen democrático), que habla desde el lugar del diferente, del marginado, nunca podría ser tachado de fascista por alguien que tenga media idea de lo que está diciendo.
Y, en el caso de que lo último parezca exagerado, es por lo menos innegable que todos los que usaron los comentario de las páginas-web de los diarios y llamaron por teléfono a Kalamicoy para insultar, amenazar y advertirle que le iría mejor fuera de la provincia, reaccionaron de una forma que resulta bastante similar a lo que critican: lo que te hace enojar provoca reacciones airadas, provoca puteadas que se largan al aire sin pensar. Sólo que Héctor no las larga al aire sino al papel. ¿Eso está mal? Cada quien puede tener su opinión, pero la mía es que no, no está mal para nada. Incluso es una salida externa a la violencia. Puedo creer perfectamente que los fundamentalistas del neuquinismo y el buen gusto tomen medidas violentas contra Héctor, aunque espero que no sea el caso. No lo veo a él matando a un chofer ni arengando a otros a hacerlo. Perro que ladra no muerde y hombre que escribe no actúa con violencia.
¿La violencia viene de la literatura? Yo no sé, pero no recuerdo que nunca dos facciones se atacaran o mataran por defender cada una un libro. A no ser claro, que se trate de un libro sagrado, pero entonces estaríamos en el terreno de la religión, y se sabe que la religión, como cualquier otra actividad humana que genere bandos (la política, el deporte) lo distorsiona todo con su dogmatismo.
¿Los chicos aprenden a ser violentos leyendo libros? No creo, pero no es raro que ciertos padres culpen a quien tengan más cerca de los problemas de sus hijos. Quieren dejarlos la mayor cantidad del tiempo posible en una guardería o en un colegio y que de ahí se los devuelvan milagrosamente educados. Quieren negar el mundo que se revuelve afuera de sus casas. Para ellos la violencia, el sexo, las drogas, no deben existir en la cabeza de sus hijos como realidad ni como posibilidad. Con lo segundo puedo estar de acuerdo, pero no entiendo cómo negarle a un hijo la visión de toda una parte de lo que innegablemente existe puede ser criarlo correctamente.

Por último, hablando ahora como escritor, debo decir que a lo largo de la práctica uno va cambiando su forma de concebir la literatura. Al principio pensaba que lo que merecía ser llamado literatura era la expresión de sentimientos, una idea netamente romántica y típica de un adolescente.
Después me obsesioné con el concepto de belleza y creí que la razón de ser de la literatura era encontrar, generar o retratar la belleza. Pero cuando utilizo la realidad para generar belleza en un texto, no estoy siendo veraz, estoy, en otras palabras, mintiendo. Se lo llama efecto poético, pero es en el fondo una mentira. Y mucha gente piensa que a esas mentiras, y sólo a ellas, se reduce la literatura. Puedo hablar románticamente de la arena y los dinosaurios y las grandes distancias, pero la verdad es que la arena jode, la soledad deprime, los dinosaurios no existen más, el petróleo contamina, la actividad petrolera destruye las economías regionales (a ella tenemos que agradecerle los alquileres de 1500 pesos, a ella y los políticos que nunca van a bajar las tasas porque parte de sus ingresos provienen de alquileres. Y, desviándome aún más del tema: estoy seguro de que debe haber más violencia y perversión en la cabeza del petrolero promedio, tan en contacto con la neuquina madre tierra, alienado en medio del llano, rodeado de cabarets y casinos, que en la de Héctor Kalamicoy).
En una nueva evolución, me di cuenta de que hacer poesía es buscar la palabra exacta para serle fiel a aquello que se quiere expresar y, desgraciadamente tal vez, en ciertos casos, la palabra exacta no es otra que una puteada.
Héctor Kalamicoy llegó hace rato a esa epifanía. Sabe que la verdad duele, ya sea al vivirla, al escribirla o al leerla. Eso no quita que pueda generar textos de índole diferente. He leído otra clase de poesía escrita pro él, contemplativa y casi diría lírica. He leído relatos donde despliega una atención milimétrica por el detalle, donde utiliza metáforas nuevas y perfectas, diálogos creíbles, comprensión de la psique de personajes de distintas edades y diferentes estratos sociales. Su rango literario es tan amplio que puede estar tranquilo, si es que los que profesan la neuquinidad al palo no toman medidas directas en su contra. Ni siquiera va a tener que esperar a que la historia lo justifique: él mismo se va a justificar cuando más aristas y estilos de su obra se vayan conociendo y se revele, más allá de polémicas y los quince minutos de exposición mediática que generan, como el gran escritor que puede ser.

Cristian Fernando Carrasco
DNI 26347782

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Para quienes no sepan de qué estoy hablando, o quieran indagar en los comentarios a los que se hace referencia, dejo los links:

http://www.lmneuquen.com.ar/noticias/2008/8/22/2509.php
http://www.rionegro.com.ar/diario/2008/08/23/20088v23s01.php?nc=1
http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=10526