Wednesday, April 16, 2014

Los buscamuertes, de Pablo Yoiris

La flamante editorial La Letra Eme nos trae la tercera edición Los buscamuertes, novela de Pablo Yoiris que fue publicada previamente por el FEN tras resultar ganadora de la convocatoria 2008 (en una edición compartida, junto a Asuntos corrientes, Sánchez de Mariano Villegas) y tuvo luego una segunda edición a cargo de Tela de Rayón.
Los buscamuertes es la primera novela de ciencia-ficción patagónica que he leído, lo cual no equivale a decir que sea la primera que se ha escrito, pero sin lugar a dudas tal género no es el que cruza de forma automática por la mente de quien piensa en la narrativa producida en la Patagonia.
Para bien o para mal la literatura regional se asocia al pintoresquismo, a lo rural, a lo histórico, como si nuestro tiempo se hubiese detenido en la conquista del desierto, todos viviéramos en fortines, nos desplazáramos de acá para allá a lomo de caballo y nos juntáramos los fines de semana con los amigos en la pulpería para jugar a la taba. No condeno los relatos de base histórica, son una opción de lo más válida a la hora de escribir, pero si todo el espectro narrativo de la región se ve reducido a esa única posibilidad, se transforma en un problema. Por tal motivo toda nueva obra que ensanche el horizonte de la literatura regional debe ser celebrada, máxime cuando se trata de una obra de calidad.
Hay en Los buscamuertes destellos del mejor Phillip K. Dick, en la forma en que Yoiris normaliza los elementos fantacientíficos: no se los destaca, no se carga las tintas en ellos sino que forman parte de la vida diaria de los personajes involucrados en la trama, lo cual es el curso de acción más razonable a la hora de escribir este tipo de relatos, lo que más ayuda a la “momentánea suspensión de la incredulidad” de la que hablaba Coleridge.
Como todo buen relato de ciencia-ficción, hay un equilibrio entre lo conocido y lo nuevo, entre lo cotidiano para nosotros acá y ahora y ese mundo alterno o futuro que bien podría ser el nuestro si la historia, como diría Bugs Bunny, hubiese “girado a la izquierda en Albuquerque”. Yoiris construye un mundo al que una mala decisión, una mala jugada del destino, separa de éste en el que vivimos día a día. Los elementos conocidos son los necesarios para generar identificación y los que desentonan tienen la fuerza suficiente como para sorprender y la hondura filosófica como para levantar un par de dudas y generar un par de preguntas. No se le puede pedir más al género, pero todo eso no es poco para nada. La ciencia-ficción es polisignificante por definición, en ella pueden compartir espacio la alegoría, la crítica social y la moraleja sin molestarse ni opacarse sino, por el contrario, multiplicando los niveles de complejidad de la historia.
Yoiris, con esta novela, se coloca de lleno dentro del grupo de autores que más valoro, los que generan intranquilidad, los que pasan de largo la salida fácil de dar respuestas que dejen a todos o a una determinada parte del público contentos, los que saben que las respuestas son materia de fe, el opio de las religiones, y no el contenido con el que un escritor cabal rellena las hojas de sus libros.
La novela tiene momentos de intenso trip narrativo, con una fluidez inmejorable. Puedo citar el inicio del Capítulo 3, cuando el protagonista va en bicicleta bordeando la ruta 22 y la narración lleva el mismo impulso que el personaje en su recorrido, va a toda velocidad con el viento en la cara.
Y esa es otra razón por la que Los buscamuertes destaca, por su ambientación. La novela está ambientada en Neuquén, pero no como parte de un pintoresquismo forzado y direccionado a establecerla como un producto made in Patagonia, sino siguiendo la máxima inmortal del “escribe acerca de lo que conoces”. Y además porque ya es hora de empezar a seguir en serio ese camino.
Citando a Sasturain cuando alaba a Oesterheld y su decisión de ubicar la gesta del Eternauta en Buenos Aires y en el presente del autor, ya es de nuevo hora de “cambiar el domicilio de la aventura”. Del mismo modo en que Oesterheld no dudó en ir contra la convención de que todo lo que pasaba pasaba en norteamérica, hoy depende de nosotros impedir que todo lo que pasa pase en Buenos Aires. Los grandes temas, las grandes decisiones, los grandes personajes, pueden existir en cualquier ciudad o pueblo del país, y debemos centrarnos, vivamos en el punto de la Argentina en el cual vivamos, en hacer que eso ocurra.
Una de las pocas cosas que admiro de Estados Unidos en lo que se refiere al cine (también pasa en literatura, pero en las películas se lo ve de manera más patente) es el rol que tienen las ciudades: no es lo mismo ambientar un film en Nueva York que en Seattle que en Boston que en Washington, cada ciudad tiene su microcosmos, su clima social, intelectual y artístico determinado e identificable a primera vista. Y acá debería suceder lo mismo: deberíamos conocer Tucumán, Rosario, Comodoro Rivadavia, Bariloche, por películas que las tomen como un protagonista más de las historias que en ellas transcurren y no sólo como un decorado exótico, tal y como recuerdo que aparecían en esa racha de películas rodadas a fines de los 90s, donde los directores porteños venían cámara en mano a la Patagonia con la pretensión de explicarnos quiénes éramos y dónde vivíamos, lo cual es desde todo punto de vista inaceptable. ¿Quién sino nosotros debería escribir sobre nuestro lugar (sea cual sea ese lugar) y definirnos como la cruza entre vivencias y paisaje que todo ser humano de hecho es?
Pero más allá de cualquier consideración programática que lejos debe haber estado de la cabeza de Pablo Yoiris a la hora de escribir su novela, lo único que puedo señalar como negativo es que la trama me resulta inconclusa. No es culpa del texto: el final está ahí y es un buen final. Tal vez sea culpa mía, o culpa del cine de fantasía y ciencia-ficción que tan acostumbrado me tiene a las trilogías, pero creo que a esta historia le faltan dos libros más. El mundo creado bien los sostendría y bien los merece. Y tal vez en un futuro Pablo Yoiris los escriba.

Cristian Fernando Carrasco
Neuquén

Abril de 2014