Wednesday, January 14, 2015

True Detective, de Nic Pizzolatto y Cari Joji Fukunaga

True Detective no te engaña: desde las primeras escenas ya sabés de qué se va a tratar, sabés que va a haber satanismo, sacrificios humanos, niños y mujeres torturados, dos detectives investigando, la zona de los pantanos de Louisiana como marco ideal. Lo que tal vez no te ves venir es el segundo paso: que el demonio (o algo similar) sea real. A eso se refiere lo de “true” tal vez, aunque la palabra despista porque para el sentido común lo “verdadero”, lo “real”, excluye lo que llamamos sobrenatural. Lo que tampoco te ves venir es la ingente cantidad de sexo, para nada gratuito, porque cada revolcón que se ve en pantalla es importante, tiene consecuencias argumentales y consecuencias internas para los personajes pero convierte a la serie en algo claramente apuntado al público adulto, lo que no deja ser una señal de nuestra pacatería porque para casi todos es bastante normal que un adolescente vea cadáveres en televisión, que se entere de los detalles más sórdidos de cada asesinato mediático mientras almuerza o cena, pero si Woody Harrelson le muerde la nalga a una pelirroja que está tan bien que hay que verlo para creerlo, hay que cambiar de canal.

Varias cosas me impactaron en el planteamiento y el desarrollo de la serie, y no puedo explayarme porque a la hora de hacer una reseña o una recomendación uno es consciente de que le está hablando a personas que no la han visto y no puede arruinarle todas las sorpresas, pero puedo señalar que me resulta muy extraña la existencia de seres humanos para quienes el infierno sea algo deseable. Y no se trata del nihilismo, de creer que no hay nada del otro lado, sino de tener la misma idea de infierno que compartimos las personas criadas, a nuestro pesar tal vez, en la cultura occidental y cristiana, y creer que en ese infierno van a sentirse como en casa. También me gustó el género del “true detective” que inventa como excusa Woody Harrelson, una especie de non-fiction detectivesca y que, supongo, va a ser el hilo conductor de las distintas temporadas. Las relaciones familiares, la presencia o no de una familia, la crianza de los hijos, la convivencia con una pareja, el sentido de lo que hacemos todos los días aunque no sepamos por qué, o aun sabiéndolo, sabiendo que no hay un por qué pero sin tener la fuerza o la maña para romper nuestra programación, todo tiene su lugar en la serie, con un ritmo y un balance que no tienen nada que envidiarle a una buena sinfonía.

Pero a pesar del buen hacer general, creo que ameritan una mención especial Mathew McConaguey como actor y Nic Pizzolatto como escritor de todos los capítulos, por los diálogos-monólogos del personaje de Rust Colhe: es difícil generar esa mezcla entre filosofía y cosmovisión personal y ponerla en palabras sin que suene a retórica vacía y sin alma, tanto que creo que desde Matrix (la primera, la única que vale la pena) no se lograba. Además, está el tema de la sinestesia: ¿qué tan bueno sería un detective si pudiera oler el perfume característico, esencial, de una escena del crimen, si pudiera ver, como una nube de color, la lujuria sobre una cama, si pudiera escuchar el murmullo de la sangre derramada?

Algo que creo haber deducido es que el mundo de True Detective es un mundo donde no existe Lovecraft, donde Lovecraft no escribió o no publicó sus libros, porque si así fuera con un simple golpe de teclado las dos pistas recurrentes que dan los distintos personajes (Carcosa y el Rey Amarillo) serían descubiertas en tres nanosegundos de búsqueda en internet, cosa que no ocurre. Parece una estupidez pero es como un seguro, como una barrera infranqueable para la identificación: el mundo de True Detective, por más parecido que sea al nuestro, no es el nuestro porque acá Lovecraft sí escribió y publicó sus libros, podemos quedarnos tranquilos… o no.

Tal vez no le vean la relación, pero el año pasado un amigo cineasta propuso hacer un mockumentary ambientado en las chacras de la zona, en el que se investigaran asesinatos religiosos y donde, al final, los culpables fueran una secta conformada por, entre otros, el intendente de una de las ciudades cercanas, con entrevistas, filmaciones cámara en mano de los rastros de las ceremonias de culto, etc. Podría haber aparecido como pista una banda rock-popera llamada “Ella es tan Carcosa”. No iba a ser exactamente True Detective por una obvia diferencia de producción y talento de los actores (es difícil decidir si ejecutan mejor sus papeles Harrelson o McCounaghey), pero lo que quiero decir es que la premisa de la serie está en el aire de la misma forma en que los extraterrestres estaban en el aire en los noventas y Chris Carter cristalizó ese zeigeist en X-Files. ¿O acaso no sabemos todos que los líderes religiosos y políticos a quienes le profesa lealtad la mayoría de la gente están del culo y son capaces de cualquier crimen por un poco más de poder o, principalmente, fundamentalmente, porque pueden, porque el estado de impunidad que ellos mismos generan se los permite?


Para terminar con una opinión aún más personal que la precedentes: creo que no deberían seguir con True Detective, la primer temporada de 8 episodios fue casi perfecta (tal vez sea 8 episodios porque el 8 acostado es infinito) y deberían dejarlo así. No veo la forma en que las continuaciones puedan evadir la repetición, el hecho de empezar como algo más o menos normal para ir enrareciéndose con el paso de los capítulos, o presentar los mismos hechos que fueron el eje de esta temporada desde distintas aristas, desde nuevos personajes. A no ser, claro, que se dediquen a aumentar la amplitud del misterio, ya sea en el tiempo o en el espacio, salir de los pantanos de Louisiana, descubrir crímenes más antiguos. Si siguen ese segundo camino es obvio que, sin importar la cantidad de años que dure, el último cuadro del último episodio de la última temporada debería ser un primerísimo plano de un ojo despertando (y a buen entendedor...).