Friday, June 15, 2018

Ars Combustia







 





La idea del fuego es polisignificante. El fuego puede serlo todo, está en el extremo más positivo y en el más negativo, en la chispa de vida y en la más absoluta desaparición de todo lo que existe. El Manifiesto de Ars Combustia, que se repite en cada número (¿hace cuánto que nadie había escrito un manifiesto literario? ¿aunque fuese en joda? ¿y estamos seguros de que el Manifiesto de Ars Combustia fue escrito en joda?) utiliza muchos de esos significados latentes y potentes: desde la posibilidad de inflamar el corazón de los lectores hasta la recomendación ¿irónica? de usar las hojas del fanzine para encender el fuego del asado.


Me críe entre fanzines. Fui adolescente a finales de los 80s-principios de los 90s, y los fanzines estaban muy presentes en los círculos en los que nos movíamos mis hermanos y yo.
En esa época existían muchas formas de comunicación escrita en formato papel que hoy languidecen a un paso de la extinción (modo viejazo activado). Los flyers, por ejemplo. No se trataba de volantes, que es en realidad la traducción literal: las propagandas impresas entregadas por una rotisería, una distribuidora de ropa o un parque de diversiones, para publicitarse y tentarte a comprar o asistir con descuentos y promociones. Los flyers eran casi lo mismo pero del palo del rock. Si tocaba alguna banda de la zona en un sucucho medio escondido entre locales de tatuaje y bares, el papelito que te lo comunicaba era el único con derecho a llamarse flyer. Como un evento en facebook pero en papel.
También había cuadernos en los que las chicas de secundaria le escribían poemas, pensamientos, deseos, historias, a sus amigas o compañeras. Como los estados de facebook o de whatsapp pero en papel.
Y había fanzines.
Mis hermanos menores tuvieron sus primeras bandas a los 13-14 años. Bandas de punk. Resaca Crónica y Anda la Osa. Obviamente, al menos una letra “A” de cada palabra eran una A anarquista, con las líneas rectas extendidas hasta salir del círculo que las contenía/realzaba. Y cada una de esas bandas vino acompañada por un fanzine. En los recitales se podían conseguir fanzines de las diferentes bandas, que hablaban de música, política, literatura. Algunos con recortes de diarios, dibujos, poemas. En determinado momento, uno de los cajones de ropa de la habitación que compartía con mi hermano se llenó de fanzines provenientes de varias ciudades del Alto Valle de Río Negro y Neuquén, entregados en mano o intercambiados. Creo recordar que también llegaron algunos por correo.
Yo estaba metido en las historietas, gracias al boom que generó la aparición de varias series de DC en kioscos, publicadas por editorial Perfil. Soy de la Generación Perfil, de eso no queda duda. Estaba asociado al CDC - Club de Comiqueros de Rosario, quienes publicaban su propio fanzine, que me llegaba a vuelta de correo. También tenía amigos por carta. Como los mails o el messenger, pero en papel.
Los gustos musicales de mis hermanos evolucionaron a la par de su capacidad musical, lo que les permitió tocar temas de más de tres acordes. La casa se llenó de grunge y Kurt Cobain pasó a ser el faro musical y vital. Pero los fanzines siguieron bastante tiempo más. Hasta que un día desaparecieron.
Por lo tanto, es mucho el cariño que le tengo a esas hojas fotocopiadas, dobladas y engrapadas. No sólo por la nostalgia que despiertan y el vínculo emocional que representan, sino también porque soy un enfermo del papel y un enfermo de las cosas hechas a pulmón, así que es lógico desde todo punto de vista.
Pasó mucho tiempo sin que viera un fanzine, hasta que el año pasado encontré en San Martín de los Andes un ejemplar de Ars Combustia, que se autodefine como Fanzine de literatura breve pero en realidad es un fanzine de humor y literatura. Lo de la brevedad viene dado naturalmente por la escasa cantidad de hojas con las que cuenta (lo que en las imprentas antiguas sería un pliego, ocho carillas).
Ars Combustia es una de las cosas más divertidas que he leído últimamente. El fanzine está claramente dividido y organizado: las páginas interiores contienen poemas y microrrelatos, algunos buenos, otros no tanto, y las exteriores soportan (es decir, brindan soporte a) todas las limaduras que se les ocurra incluir a Miguel Selser y Matías Castro, pergeñadores y perpetradores de la criatura. A través de la portada, los datos de edición, las propagandas, las falsas cartas de lectores y los avisos clasificados apócrifos han creado, como ellos mismos lo señalan en el número 3, un “pequeño universo autorreferencial” que crece y se alimenta con el paso del tiempo, y convierte a las secciones que deberían ser meramente informativas, un empaque formal digno de ser pasado por alto en una revista común, en la parte más atractiva, efectiva y casi diría adictiva del fanzine.
El avance de las vías de comunicación, las quejas por las propagandas del número anterior, la mención número a número de Los que esperan el alba de Noemí Ulla, las puteadas a Rolo Tomassi, los Retro-spoilers para millennials, todas las actividades en las que dicen participar y en las que inexorablemente “se arma quilombo”, la saga de Tengo miedo torero de Pedro Lemebel, son chistes que funcionan por adición y se hacen cada vez más efectivos. Me reí solo y a las carcajadas releyendo todos los números para preparar esta reseña.
El escritor y teórico del cyberpunk Douglas Rushkoff diferencia la internet basada en el texto de la internet basada en la imagen (un blog de instagram, hablando en plata). Lo que está apoyado en el teclado de lo que está apoyado en el mouse. Lo que te lleva a leer y sacar conclusiones propias de lo que te hace mirar imágenes que caen dos segundo después en la intrascendencia. Para mí un fanzine, mucho más un fanzine literario, con su superpoblación de letras en relación a las imágenes, por otro lado grises sobre papel granualdo y no de colores deslumbrantes en hojas satinadas que hieren los ojos de brillo, son un blog pero en papel.
La materialidad es en realidad lo que más me gusta de Ars Combustia, y me da incluso un poco de pena que el fanzine se pueda leer en la web e incluso descargar en pdf (en la página https://arscombustia.wordpress.com/). Preferiría que fuera algo irrepetible, anclado en un momento y un lugar, algo que, si no se experimenta en su fugaz tiempo de existencia, desaparece, se pierde. Algo bueno y efímero, que arde en lugar de desvanecerse.










Tuesday, July 18, 2017

Wednesday, July 05, 2017

Tuesday, May 23, 2017

Que la piedra no haga ruido



Hace unos días leí las declaraciones del sofista Alejandro Rozitchner, insultando a Luis Alberto Spinetta y a los artistas en general, llamándonos ilusos, resentidos, demagogos, estúpidos (de muchas formas elípticas y laterales, como corresponde a un cagón) y presentándose a él mismo y a sus secuaces (en el sentido jurídico) de Cambiemos como los capos que entienden qué es y cómo funciona la política.
De todas las aristas de este suceso tragicómico elijo tres:

Primero: los artistas son la consciencia de una sociedad, le muestran lo que está mal, lo incómodo, lo incomprensible, lo que excede las posibilidades o las ganas de la sociedad de conocerse, de mirarse en un espejo. Lo mismo sucede con los filósofos.
Pero hay que darse cuenta de que, por un lado, hay artistas y, por otro, hay personas que son buenos artesanos en su rubro (gente que escribe, gente que pinta, gente que aparea notas con cierto ritmo, que hace “pop para divertirse”, como diría Capusotto) que no son escritores ni pintores ni músicos porque les falta la dimensión personal, álmica, espiritual de la creación. Son artesanos pagos que se venden al mejor postor. Recuerdo hace unos años el asco que me dio leer una entrevista a Marcelo Birmajer donde el tipo declaraba que él prefería que el editor le dijera acerca de qué temática tenía que escribir sus libros porque eso le sacaba una preocupación de encima. ¿Pero qué mierda? ¿Un escritor de verdad, con todo lo que significa la palabra, puede estar de acuerdo con que otro le diga acerca de qué escribir? ¡Ni a palos! Pero un simple escriba a sueldo sí, y he ahí la diferencia. Por supuesto, Birmajer apoya al Pro.
De la misma manera, en filosofía nos enseñan que, por un lado, están los filósofos (los “amantes de la sabiduría” según la etimología de la palabra) y, por otro lado, los sofistas, que vendían su capacidad para generar entimemas (silogismos impuros) y, a sueldo de sus clientes en juicios públicos, doblaban la verdad para hacerla decir lo que les pagaban para hacerla decir. Así que, por favor, no vuelvan a arrastrar por el barro la palabra “filósofo” aplicándola a Rozitchner: ROZITCHNER ES UN SOFISTA, un tipo que dobla la verdad para beneficiar a sus clientes. Por favor, quedemos de acuerdo en eso.

Segundo: los artistas son los primeros en ponerse en la línea de choque contra las dictaduras y las políticas que van en contra del pueblo. En nuestra época moderna, la oposición a los gobiernos de derecha ha estado siempre encabezada por actores, actrices y cantantes. Los escritores son censurados y obligados a exiliarse todo el tiempo por decirle al poder lo que no quiere oír pero, sobre todo, por desnudar para el entendimiento del pueblo lo que el poder pretender mantener cubierto, escondido.
Aún más: en Argentina la relación de los artistas con el poder político está siempre bajo la sombra de la dictadura. Cuando alguien me pregunta por qué estoy visceralmente en contra de los militares (como si alguien con sangre en las venas en este país pudiera no estarlo) mi respuesta es clara: “Soy escritor. Si los milicos toman el poder esta noche, mañana a la mañana yo y casi todos mis amigos estamos desnudos, atados a una cama de metal, siendo picaneados”.
Macri es la dictadura porque la dictadura fue cívico-militar y Macri es el emergente político de esa pata cívica que probó suerte en las urnas antes de salir con los tanques a la calle y, desgraciadamente, gracias a la mitad de nuestros compatriotas, metió un pleno en la ruleta de la democracia.
Así que la relación de los artistas con la política, con el poder, con los medios que se utilizan para cumplir fines económicos, no es fantasiosa o simbólica como dice el sofista Rozitchner: es un mecanismo de defensa. Estar contra el Pro es estar contra el verdugo.

Tercero: no le demos más bola a Rozitchner. Sí, es un pelotudo. Sí, es un cínico hijo de puta que se nos ríe en la cara porque cree que su título universitario le da superioridad intelectual. Y es cierto que los pelotudos te pueden dar rabia, vergüenza ajena, una incomprensión que descoloca, pero, y acá está el quid: este pelotudo en particular no puede hacer nada que nos perjudique realmente. Los que toman las decisiones que nos arruinan la vida y que hipotecan el futuro de nuestros hijos, son otros.
Las palabras del sofista nos indignan porque ataca a personas y a ideas que sabe son sensibles, se dedica a darle letra a otros para que la cagada de risa general en nuestras caras siga y siga, pero el tipo no tiene ningún puesto con posibilidad real de decisión desde el cual pueda perjudicarnos de verdad. Puede influenciar a otros pelotudos que le crean pero, ¿acaso eso cambia mucho las cosas? ¿Realmente son recuperables a nivel intelectual las personas que se hacen eco de las palabras de gente como Rozitchner? ¿Si no existiera este pelotudo, acaso no hay otros pelotudos a los que estarían más que dispuestos a escuchar y cuyas ideas estarían dispuestos a repetir como loros amaestrados?
En casi todas las comedias de acción hay una escena en la que algún personaje quiere entrar sin ser visto en un lugar vigilado y, para despistar, arroja una piedra lejos, para que los guardias vayan hacia el ruido y le dejen el paso libre. Rozitchner es esa piedra. No seamos boludos nosotros y prestemos atención al lugar donde está el peligro real. Si una piedra cae en medio del asfalto pero nadie la escucha, ¿realmente hace ruido?

Tuesday, December 06, 2016

Saturday, December 03, 2016

Qué me voy a gastar en explicarte... de Carlos Blasco

 
Qué me voy a gastar en explicarte que hace un par de años estaba
en una esquina de Neuquén fumando faso con el propio Emir Kusturica y su banda, si vos sos fan de Arjona... para qué te voy a contar que cuando vos "venías de vuelta" de comprar bomboncitos de licor, yo ya había caído en cana un par de veces por traficar poesía y algo más
en una patagonia tan grande que no cabría en tu cabeza de "jefa" de armario. Para qué te voy a explicar que llenábamos bares de Neuquén a Comodoro Rivadavia, (pasando por Chile)
rockeando hasta la mañana de dos días después acusados de alterar el orden público
y de acosar mozas de bares que al final se iban con nosotros y todo eso "con un libro en la mano", cuando a esa hora vos recién te levantabas en camisón
a barrer la vereda y regar tus plantas amarillas. Para qué te voy a contar...mejor quedate con esa imagen de ratón de biblioteca
que hiciste de mí, mejor quedate
en el molde,
vieja.


Carlos Blasco