Friday, August 29, 2008

Acerca de Héctor Kalamicoy

Dos cosas para empezar: primero, no conozco demasiado a Héctor Kalamicoy, pero sí lo suficiente como para saber que es un buen tipo y un talentosísimo poeta y narrador; segundo, formé parte del jurado que seleccionó sus textos, y me hago cargo.
Cuando leí los poemas que conforman Introducción a un feo lugar, conocía el apellido Kalamicoy de oídas. Sabía que se trataba de dos hermanos que frecuentaban las lecturas poéticas y que su estilo era directo y visceral, por eso no me sorprendió lo que leí. Conocí a Héctor alrededor del día en que mataron a Carlos Fuentealba, en una lectura frente a la gobernación donde varios poetas se habían reunido para apoyar a los docentes en lucha. Llegué tarde a la lectura, pero me dijeron que la performance musicalizada de los Hermanos Kalamicoy había sido de las más celebradas. Después lo vi un par de veces hasta que tuve la suerte de escucharlo leer en los Villancicos Vrutales. Cerca de doscientas personas lo aplaudieron y ovacionaron sus poemas. Leyó un texto sobre una docente embarazada que se había suicidado en el colegio en el que él se desempeñaba como ordenanza años atrás. Cuando terminó de leer me corrió un latigazo de rigidez helada por toda la columna. Kalamicoy sabe lo que quiere generar con sus textos. Y lo logra. Y está perfecto.
Y si comienzo con este relato es para refutar a las personas que aseguran que a Kalamicoy nadie lo conoce y que saltó a la notoriedad con el escándalo de hace unos días. Gran parte de las personas que escriben o están en la movida literaria neuquina sabe quién es Héctor. Obviamente que para las señoras que sólo leen a Cohelo o Bucay buscando iluminación, o para quienes no salgan del Olé o la revista Caras, fue una novedad entrar en contacto con su forma de escribir.

En cuanto a la decisión tomada en el concurso de seleccionar los textos de Héctor, por supuesto se basó en parte en el criterio y el gusto personal, pero además en la calidad y en el tono paródico y desacartonado que creo debe imperar en la poesía de mi generación. Solamente una persona muy acostumbrada a tomarse todo en serio (y por lo tanto, que se toma a sí misma y a sus ideas demasiado en serio) puede obviar la evidente ironía y el humor que subyacen en los versos de Introducción a un feo lugar.
Además, la idea era publicar textos característicos de la idiosincrasia neuquina, no necesariamente elegir lo más pintoresco sino tratar de mostrar un rango de interpretaciones lo más variado posible. Dentro de los textos que se seleccionaron, y en cuya publicación tuvo la última palabra el Ministerio de Educación, Ciencia y tecnología de la Nación, hubo cuentos costumbristas, relatos infantiles, poemas de otra índole, que reflejan variadas formas de concebir el hecho poético, textos confeccionados por la comunidad mapuche, etc. Se dio cabida a todas las voces que tuvieran un mínimo de calidad y, al menos en mi caso, se valoró también la sinceridad. Es decir: valoro más poemas furiosos acerca de una cotidianeidad que muchos compartimos y escritos en un lenguaje directo, frente a textos rimados en infinitivo o que construyen, a fuerza de frases hechas y nombres autóctonos sacados del Libro de Nombres para el Bebé, un supuesto color local.
Kalamicoy se define como escritor satírico, en lo que se refiere a esta clase de textos al menos. Lo he escuchado en algunas entrevistas compararse con un boxeador que, parafraseándolo, baja la cabeza y le da a lo que tiene en frente, a su rival momentáneo, con toda la fuerza que pueda hasta hacerlo caer. Desde ese contexto hay que entender Introducción a un feo lugar, desde la furia desatada, desde la válvula de escape, no desde la incitación a la violencia.

Lo interesante del affair Kalamicoy es que toca tantos puntos fundamentales del pensamiento retrógrado que es imposible reducirlos y contestar a todo de una sola vez. En ese sentido, es muy bueno que los diarios tengan una zona de comentarios en sus respectivas páginas web, porque en esos comentarios quedarán por mucho tiempo patentizadas las dos posiciones opuestas. O más de dos, debería decir, ya que quienes están de acuerdo con la expresión de Kalamicoy o con el hecho de que sus textos sean publicados, lo están por varias razones (libertad de expresión, el hecho de que gran parte de lo que dice es absoluta y dolorosamente cierto, la discusión, el debate que se suscitó a causa de los textos, ya que debatir, intercambiar ideas, es algo positivo si no tenés la cabeza cerrada ni te creés el dueño de la verdad), y quienes lo censuran también lo hacen por diversos motivos (se lo llama mediocre, indigno del mote de poeta, maleducado, extranjero en la provincia, desagradecido con la misma provincia, violento, fascista, y un más o menos largo etcétera, expresado desde el punto de vista de personas de bien, educadas, que SABEN lo que se DEBE escribir y leer, motivos que en resumen forman un fresco bastante diversificado de la intolerancia neuquina). Una mujer llegó al extremo de mandarlo a trabajar para salir de esa realidad llena de colectivos con mal servicio y cucarachas (siendo que cuando lo conocí Héctor tenía tres trabajos e intentaba salir adelante con ellos) poniendo en evidencia el pensamiento infantil de que si dejás de ver algo eso deja de existir, como los bebés que se tapan los ojos para que no los encuentren. Es bastante urticante leer los comentarios de esa mujer en particular, que se jacta de no depender del transporte público y tener “gente que se agacha por mí”, pero pasen por las webs de los diarios y veánlo ustedes mismos.
Y me perdí la entrevista en Canal 7, donde seguramente habría también tela para cortar.
Porque, sea dicho de una buena vez, Neuquén es la provincia más chauvinista que conozco. No sé si habrá otra peor en el extremo norte, no he recorrido más allá de Córdoba, pero conozco bastante bien la Patagonia y no he encontrado en otros lugares esa carga de provincialismo, esa reacción espontánea hacia el que desagrada o molesta que dejan salir en un: “Seguro que es mendocino”... “seguro que es porteño”, como si no ser neuquino fuera un pecado conciente del cual el otro debe arrepentirse y evitar reincidir en él.
¿Ser neuquino es un valor positivo, una elección deseable? No. Ser neuquino es como ser cordobés o chubutense o pampeano: es simplemente algo que pasa. Depende de el lugar en el que se encuentren tus padres en el momento de tu nacimiento, nada más. ¿Eso es estructurante? ¿Eso determina la clase de persona que seas? Si mis viejos hubieran salido de Villa Regina el 6 de marzo del 78 y viajado 100 kilómetros para que yo naciera en Neuquén al día siguiente, ¿sería mejor persona? ¿querría más a la tierra? ¿me expresaría mejor? ¿sería apto para todo público?
No sé si se justifica sentirse orgulloso de Neuquén como provincia. No me refiero a la geografía, porque lo que se aprecia de un espacio geográfico es su comodidad o su belleza, cosas que son subjetivas. Me refiero a que desde lo histórico-social no es otra cosa que un espacio vacío quitado a los habitantes autóctonos sólo en virtud de la extensión territorial, rellenado con gendarmes y presos; y más cerca en el tiempo se convirtió en un paraíso sirio-libanés, poblado por su parecido al desierto bíblico y por la presencia de petróleo. ¿De eso tenemos que estar orgullosos? Sin siquiera meternos con el tema de la relegación de los mapuches y la cantidad de tierra en manos extranjeras, o los recursos regalados a las multinacionales, se ve que identificar una identidad y un orgullo neuquino es más bien difícil, si se quiere ser plural y alejarse del chauvinismo ciego.
Neuquen no es una entidad conciente que pueda sentirse ofendida por lo que nadie escriba acerca de ella. Neuquen, como cualquier territorio o cualquier institución, es un constructo psíquico que cada uno genera en su mente y que puede tener más o menos características comunes con los que sean generados por las mentes de otras personas. Quienes atacan a Kalamicoy en nombre de Neuquén mienten. Neuquén no se siente ofendida y no necesita que la defiendan: ellos se sienten ofendidos pero necesitan un escudo, por eso se protegen detrás del “bien común”, del orgullo provincial o las buenas costumbres que supimos conseguir.
Tampoco sé si es posible defender el servicio del Ko-Ko. Todavía recuerdo que hace unos años, cuando mi hija era una bebé de cuatro meses, viajamos a Villa Regina desde Neuquén, en una de esas unidades urbanas puestas como colectivos de media distancia obviando todos los reglamentos de transporte, unidades con asientos de plástico resbaladizos, sin apoyabrazos, donde mi mujer iba tratando de sostenerse con una mano e intentando aferrar a la bebé con el otro brazo mientras el chofer viajaba a 110 por hora, dando giros y tomando curvas sin rebajar, tanto así que Lucía estuvo tres veces a punto de caer al piso; y yo iba al lado, cargado de bolsos, puteando por dentro. Esa tarde yo también quise matar al chofer y tranquilamente podría haber escrito uno de los poemas que tanto conflicto le generan a Héctor. Con menos puteadas, tal vez, pero es una diferencia de forma, no de fondo.
Es interesante también ver cómo se puede ser tendencioso desde los medios de comunicación, cuando por ejemplo, se renombra “Matemos al chofer” a un poema que se llama “Cómo te quiero Ko-Ko”, cuando se coloca una foto de archivo del poeta riéndose, tomada con motivo de la presentación de su libro, un momento feliz que justificaba la sonrisa pero que colocada en medio de la polémica da a quien la mira la impresión de que Kalamicoy está loco o es un perverso, que arma semejante lío y de yapa lo disfruta. Y en cuanto a lo textual, es también una inexactitud tendenciosa obviar que la frase “matemos al chofer” está dentro de una cláusula introducida por un “si” condicional (“Y yo pienso que si vamos a revelarnos hagámoslo ahora...”), lo que coloca todo lo que pueda seguirla en el plano de la irrealidad; no se trata de una arenga, de una frase asertiva o imperativa, sino de una posibilidad en la mente del yo poético invadido por la furia. Pero eso es teoría literaria y pocos de los defensores de la neuquinidad recalcitrante pueden entenderlo, porque no viene impreso en las sábanas de votos que reparten en los actos partidarios.
En cuanto a la acusación de fascismo (una de las mayores incorrecciones que ha deparado el affair Kalamicoy), es mucho más fascista el discurso de los detractores del poeta que la que puede desprende de una lectura simplista de sus textos. En el diario Crítica alguien que no tiene la menor idea de qué significa fascista, calificó con ese término los poemas que integran Introducción a un feo lugar. Y ¿qué es el fascismo?
Según wikipedia (la fuente de más fácil consulta, para que vean que no falseo los conceptos, por eso la utilizo):

El fascismo (del italiano fascio, haz, fasces, a su vez del latín fasces, pl. de fascis) es una ideología y un movimiento político que surgió en la Europa de entreguerras (1918–1939) cuyo proyecto central era el corporativismo estatal, en oposición tanto a la democracia liberal en crisis (la forma de gobierno que representaba los valores de los vencedores en la Primera Guerra Mundial, como Inglaterra, Francia o Estados Unidos, a los que considera «decadentes») como al movimiento obrero tradicional en ascenso (anarquista o marxista, este último escindido a su vez entre la socialdemocracia y el comunismo, que desde 1917 tenía como referente al proyecto de estado socialista que se estaba desarrollando en la Unión Soviética). Radicalmente contrario a ambos, se presentó como una tercera vía o tercera posición,[] aunque el número de las ideologías contra las que se afirma es más amplio.

Uso extendido del epíteto fascista: El epíteto fascista se aplica con fines peyorativos de forma muy extendida el lenguaje coloquial, y muy frecuentemente también en todo tipo de literatura, sobre todo a efectos polémicos o descriptivos, más allá de su adecuación o no a una estricta correspondencia con la ideología o los regímenes políticos fascistas. Se asocia con las posturas políticas de extrema derecha y las ideas y actitudes racistas, intolerantes o autoritarias; y al desprecio por el diferente, el marginado, el que no que piensa del mismo modo o las minorías.

Como ven, nada más lejos de Kalamicoy que el fascismo. De hecho, Héctor no podría vivir en un régimen fascista: estaría autoexiliado o lo habrían torturado durante días, antes de fusilarlo, para que confesara donde se esconden los zurditos como él. Los escritores, los artistas en general, tienen la capacidad de pensar más allá del molde y dar su opinión de forma coherente para llegar a un público que lo comprenda y vea otro lado de la realidad, por eso son peligrosos para todos los regímenes, y más para los totalitarios, entre los cuales se encuentra el fascismo. Con más razón, un poeta que se autodenomina proletario, y que aparte lo es de verdad, que hace uso de la libertad de expresión (libertad fundamental de todo régimen democrático), que habla desde el lugar del diferente, del marginado, nunca podría ser tachado de fascista por alguien que tenga media idea de lo que está diciendo.
Y, en el caso de que lo último parezca exagerado, es por lo menos innegable que todos los que usaron los comentario de las páginas-web de los diarios y llamaron por teléfono a Kalamicoy para insultar, amenazar y advertirle que le iría mejor fuera de la provincia, reaccionaron de una forma que resulta bastante similar a lo que critican: lo que te hace enojar provoca reacciones airadas, provoca puteadas que se largan al aire sin pensar. Sólo que Héctor no las larga al aire sino al papel. ¿Eso está mal? Cada quien puede tener su opinión, pero la mía es que no, no está mal para nada. Incluso es una salida externa a la violencia. Puedo creer perfectamente que los fundamentalistas del neuquinismo y el buen gusto tomen medidas violentas contra Héctor, aunque espero que no sea el caso. No lo veo a él matando a un chofer ni arengando a otros a hacerlo. Perro que ladra no muerde y hombre que escribe no actúa con violencia.
¿La violencia viene de la literatura? Yo no sé, pero no recuerdo que nunca dos facciones se atacaran o mataran por defender cada una un libro. A no ser claro, que se trate de un libro sagrado, pero entonces estaríamos en el terreno de la religión, y se sabe que la religión, como cualquier otra actividad humana que genere bandos (la política, el deporte) lo distorsiona todo con su dogmatismo.
¿Los chicos aprenden a ser violentos leyendo libros? No creo, pero no es raro que ciertos padres culpen a quien tengan más cerca de los problemas de sus hijos. Quieren dejarlos la mayor cantidad del tiempo posible en una guardería o en un colegio y que de ahí se los devuelvan milagrosamente educados. Quieren negar el mundo que se revuelve afuera de sus casas. Para ellos la violencia, el sexo, las drogas, no deben existir en la cabeza de sus hijos como realidad ni como posibilidad. Con lo segundo puedo estar de acuerdo, pero no entiendo cómo negarle a un hijo la visión de toda una parte de lo que innegablemente existe puede ser criarlo correctamente.

Por último, hablando ahora como escritor, debo decir que a lo largo de la práctica uno va cambiando su forma de concebir la literatura. Al principio pensaba que lo que merecía ser llamado literatura era la expresión de sentimientos, una idea netamente romántica y típica de un adolescente.
Después me obsesioné con el concepto de belleza y creí que la razón de ser de la literatura era encontrar, generar o retratar la belleza. Pero cuando utilizo la realidad para generar belleza en un texto, no estoy siendo veraz, estoy, en otras palabras, mintiendo. Se lo llama efecto poético, pero es en el fondo una mentira. Y mucha gente piensa que a esas mentiras, y sólo a ellas, se reduce la literatura. Puedo hablar románticamente de la arena y los dinosaurios y las grandes distancias, pero la verdad es que la arena jode, la soledad deprime, los dinosaurios no existen más, el petróleo contamina, la actividad petrolera destruye las economías regionales (a ella tenemos que agradecerle los alquileres de 1500 pesos, a ella y los políticos que nunca van a bajar las tasas porque parte de sus ingresos provienen de alquileres. Y, desviándome aún más del tema: estoy seguro de que debe haber más violencia y perversión en la cabeza del petrolero promedio, tan en contacto con la neuquina madre tierra, alienado en medio del llano, rodeado de cabarets y casinos, que en la de Héctor Kalamicoy).
En una nueva evolución, me di cuenta de que hacer poesía es buscar la palabra exacta para serle fiel a aquello que se quiere expresar y, desgraciadamente tal vez, en ciertos casos, la palabra exacta no es otra que una puteada.
Héctor Kalamicoy llegó hace rato a esa epifanía. Sabe que la verdad duele, ya sea al vivirla, al escribirla o al leerla. Eso no quita que pueda generar textos de índole diferente. He leído otra clase de poesía escrita pro él, contemplativa y casi diría lírica. He leído relatos donde despliega una atención milimétrica por el detalle, donde utiliza metáforas nuevas y perfectas, diálogos creíbles, comprensión de la psique de personajes de distintas edades y diferentes estratos sociales. Su rango literario es tan amplio que puede estar tranquilo, si es que los que profesan la neuquinidad al palo no toman medidas directas en su contra. Ni siquiera va a tener que esperar a que la historia lo justifique: él mismo se va a justificar cuando más aristas y estilos de su obra se vayan conociendo y se revele, más allá de polémicas y los quince minutos de exposición mediática que generan, como el gran escritor que puede ser.

Cristian Fernando Carrasco
DNI 26347782

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Para quienes no sepan de qué estoy hablando, o quieran indagar en los comentarios a los que se hace referencia, dejo los links:

http://www.lmneuquen.com.ar/noticias/2008/8/22/2509.php
http://www.rionegro.com.ar/diario/2008/08/23/20088v23s01.php?nc=1
http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=10526