Saturday, September 01, 2012

Un par de golpazos



1.-Las palmaditas en el hombro le son tan útiles a un artista como un par de anteojos a un ciego. Las verdaderas críticas son las despiadadas. Si sabés encajar el golpe, es lo único que sirve. Las críticas constructivas despiadadas, claro. No simplemente “eso que hiciste es un porquería”, ni siquiera con razones, “eso que hiciste es una porquería por X motivo”, sino con opciones y proyección, “eso que hiciste es un porquería, pero por ahí, en una de esas, si encarás por tal o cual lado, si probás tal o tal variante, puede andar”. Por suerte, he encontrado un grupo de gente que hace precisamente ese tipo de crítica útil y -si querés mejorar- necesaria.
Lo que he sacado en claro de las opiniones de los demás respecto a lo que escribo es que:
a) sobreexplico las cosas,
b) sermoneo o intento mostrar mi punto de vista personal en detrimento de los actos y las ideas de los personajes (me meto como autor, en una palabra), y
c) escribo de una forma hiperracional.
Las dos primeras son sin duda errores. La tercera, según mi opinión, es una inevitablidad: yo vivo de una forma hiperracional, vivo en mi cabeza, me interesa entender las cosas antes que experimentarlas, así que sería muy raro que pudiese escribir de otra manera. Pero, como ya dije, las dos primeras son gruesos errores.
El tema de la sobreexplicar se soluciona de manera por demás sencilla: lapicera roja, tecla de delete, elegir de todas las explicaciones repetidas la que sea más completa, reducir diez páginas a nueve u ocho, y a otra cosa. El segundo error es el que me molesta, me jode y me sorprende. Sobre todo porque lo veo mucho y lo critico mucho en otros y no tenía idea de que yo también lo cometía. Ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, diría alguna persona religiosa.
Me lo marcaron con una frase de esas que, para transmitir la dureza justa, tienen que obviar los buenos modales. Fue, creo que textualmente: “Ese es el autor metiéndose, a nadie le importa un carajo lo que opina el autor, lo que importa es lo que piensan y lo que hacen los personajes”. Y mientras lo escuchaba me corría un frío por la médula espinal. Porque es totalmente cierto, sin pizca de duda o de atenuantes. Si, como autor, querés dar opiniones, escribí un ensayo o una carta de lectores al diario. Si estás escribiendo un relato, centrate en los personajes y borrate como autor, convertite en narrador, que no es más que la herramienta textual que el relato se ve obligada a utilizar para contarse a sí mismo. Porque cuando escribís un relato a nadie le importa un carajo cómo vos, autor, ves el mundo, lo que importa es cómo lo ven los personajes, cómo eso repercute ellos y cómo reaccionan frente a ese mundo al que sólo pueden conocer a través de la manera en que los afecta. Como en la vida.

2.-El segundo sacudón ocurrió hace unos meses pero lo estoy capitalizando ahora: estoy escribiendo sonetos. Así es: so-ne-tos. Dos cuartetos y dos tercetos endecasílabos con rima consonante. Poesía medida y rimada. Algo que no hacía desde que el número que representa mi edad comenzaba con un uno en el lugar de la decena. Años y años. Lo consideraba algo pasado, algo adolescente. ¿Por qué volví a ese tipo de poesía? Porque era necesario. Y porque me dieron otro uppercut en el mentón y me dejaron de espalda en el suelo.
Tengo la teoría de que, para mi generación, la poesía con métrica y rima se siente como un emprendimiento adolescente porque hacemos una equiparación errónea entre lírica y poesía reglada. Es decir, asociamos la métrica y la rima con los poemas de amor, y a los poemas de amor con la adolescencia, entonces pasar al verso libre se siente como ponerse los pantalones largos y la poesía reglada queda relegada al pasado, como algo jocoso, como una burla que nos hacemos a nosotros mismos: “¿te acordás cuándo escribía esos poemas donde todos los versos terminaban en -ar o en -endo?”
El golpazo, el cimbronazo, fue en las clases de literatura española, donde se dejó muy claro que en la Edad Media y el renacimiento, a ningún artistas se le ocurría ponerse a escribir antes de dominar todas las herramientas de su arte. No se vale decir “escribir con métrica y rima es una boludez, entonces no lo hago”, lo que valdría sería decir “ya me harté de la métrica y la rima, ya lo manejo tanto que te puedo inventar un soneto mientras lo pronuncio, ya me aburrió por lo fácil que me resulta, entonces paso a otra cosa”. Y, por supuesto, eso no pasa para nada en mi caso. Escribir poesía según ciertas reglas se me hace trabajoso y me cuesta mucho, y por eso precisamente lo tengo que hacer.
Me hace acordar a la película Anónimo, cuando Ben Johnson y los demás escritores de Londres no pueden entender que alguien haya podido escribir toda una tragedia completa en pentámetro yámbico, y lo racionalizan diciendo “Yo podría hacerlo... pero nunca lo intenté”. Cuando llegás a ese punto, lo único que te queda es intentarlo o callarte la puta boca.

3.-Todo se relaciona en realidad con la música. Hace como un año, o más tal vez, que tengo que escribir letras para la banda de mi hermano (sea la que sea hoy en día). Y he encontrado que tal cosa me resulta casi imposible, porque no manejo las rimas y tengo apenas una noción mínima del ritmo y los procedimientos poéticos como la anáfora, la repetición, el paralelismo, que son básicas para estructurar el ritmo interno de la letra de una canción. Esa imposibilidad, esa carencia, sumada a la llamada de atención que fue compararme a mí mismo con artistas de tiempos pasados que a mi edad ya habían leído todo lo que había que leer y dominaban su arte con los ojos cerrados, fue lo que me llevó a revalorizar la poesía reglada. Sin esas cosas, ambas, seguiría riéndome de los sonetos. Pero el que daría risa sería yo.


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