Monday, August 13, 2012

Varias cosas (aparentemente) inconexas

1.-Hace unas semanas fui a un cumpleaños de quince de la nena de una familia conocida. Estuvo lindo, que sé yo. Se notó mucho que la música nos excluía a los mayores de, ponele, 20 años. Yo ya tengo 34 y los imperativos generacionales no se pueden soslayar. Uno trata de ponerle pilas (porque al fin y al cabo te invitan para ser parte de la fiesta, para llevar la fiesta adelante), participar, aplaudir, bailar. Y al principio pude. A mí, como a todos los de mi edad, me ponen cuarteto, me ponen a Rodrigo, y bailo. Y sin siquiera estar borracho. O me ponen los temas que bailaba a los 15 años en los asaltos con mis amigos y bailo. Pero con la cumbia de ahora, no hay caso. Detesto a los Wachiturros y a todos los que se les parecen. E incluso no son los peores. Y no sólo porque la música es mala sino porque las letras son nocivas. Se quejan cuando les llaman transmisores de apología (en el sentido legal, no hablo de Platón), pero es la verdad. Y lo peor es que tampoco se diferencia mucho del rock que se puede encontrar hoy en día. No sé cuál es realmente la diferencia entre la letra de un tema de cumbia villera y un tema de, ponele, Viejas Locas, Pier o La 25 (si es que siguen en activo, no sé, la verdad). ¿Dónde quedaron las buenas bandas de rock? ¿Cuál es el relevo de los Redondos, de Soda Stereo, de los Cadillacs, de A77aque cuando estaba Pertussi, de Los Violadores, de Sumo (y no digan en Las pelotas y Divididos porque me quedo seco de un ataque de risa acá mismo), de tipos que te podían contar una historia o poner en una letra sus lecturas, sus posturas filosóficas ante la vida, sus reinterpretaciones de otros géneros y cantar eso sobre un buen riff? ¿Dónde está le relevo de lo que eran y hacían Charly García, Andrés Calamaro y Fito Páez antes de empezar a dar pena? No existe. Y es una porquería no tener esa opción más que en el recuerdo. Siempre lo he dicho: me gusta el rock porque tiene ética y estética. Cando Cristian Aldana gritó en Contagiándonos... “La cumbia es una mierda” decía la verdad. Después el Inadi o algo por el estilo lo hizo retractarse pero ¿por qué tenés que retractarte de la verdad? ¿Estamos en la época de la inquisición? ¿O acaso la lógica de los diez mil millones de moscas es ley divina? La cumbia es una mierda y me violenta ver a chicos de 15 años bailándola y tocándola (porque, de yapa, al final del cumpleaños, hubo cumbia en vivo, porque decir música en vivo tratándose de cumbia sería ser inexacto como mínimo).

2.-Un par de días después hablé con un familiar de una paciente en el laburo. No suelo hacer eso porque suelo arrepentirme. Con en este mismísimo caso. El hombre, muy orgulloso, me contaba cómo, cuando otros nenes iban a buscar a sus hijos para jugar, los echaba y cómo enviaba a sus hijos los sábados a la mañana a una escuela de gendarmería, algo parecido a los boy-scouts pero militar. Yo debo estar mejorando mi cara de poker porque el señor seguía y seguía hablando sin reparar en mi desagrado respecto a lo que me contaba, a su idea de que ser padre es dejar a sus hijos en manos de milicos que les enseñen a “tener las uñas y el pelo corto, ser puntuales, obedecer, no andar tatuados o con aritos”, etc. Yo quiero que mis hijos sean felices, no que me hagan caso en todo, y menos que se cuadren en frente mío como si estuvieran en la colimba y mi papel como padre fuera hacerlos bailar. Y menos todavía me cabe que le entregues tus hijos a otro, quien sea, que les enseñe moral o normas de conducta: ¿cuál es tu puto papel como padre si le dejás eso a otro? Ser padre es llevar un balance (muy jodido de alcanzar con precisión) entre dar amor y enseñar conductas, entre dar confianza en la individualidad y enseñar a vivir en sociedad, ambas cosas, no podés dejar la mitad en manos de otro.

3.-Peeeeeeeeeeeeeeero... por más que quiera que mis hijos tomen sus propias decisiones, si el día de mañana uno de ellos se metiera en un grupo de cumbia en lugar de armarse una banda de rock o de punk, me sentiría muy mal. Conmigo. No me enojaría con ellos: me enojaría conmigo por haber fallado en algo y haber fallado muy feo. Porque uno quiere que sus hijos sean libres y felices peeeeeeeeeero eligiendo algo que nos gusta y que valoramos y que nos parece importante y constructivo (y ninguna de esas características se aplica a la cumbia desde mi punto de vista). Tampoco espero que todo el mundo lo entienda, tampoco espero que a todo el mundo un género musical le dispare ideas acerca de cómo criar a un hijo, pero yo, por lo general, parto del punto a y es muy difícil que termine en el punto b, por lo general me voy al carajo, mucho más lejos.

4.-Por ejemplo, tengo que decir que estoy de acuerdo con el padre del punto 2 en que estoy en contra de los tatuajes y los piercings pero no porque se vean mal o porque la gente decente no hace esas cosas, sino porque son conductas que están vaciadas de sentido. Hay culturas en las cuales los tatuajes y demás marcas corporales tienen, dicen o significan algo, acá, ahora, no sucede eso, los tatuajes y piercings son, como mucho, un intento de inscribirse dentro de un subgrupo social determinado, como tener tal peinado o tal ropa o escuchar tal música, o, si intentan darle un sentido, suele ser desde el desconocimiento casi absoluto (como cuando Sheldon de TBBT le pregunta a Penny por qué se tatuó el kanji de “sopa” en la cola y ella le responde que no, que esa letra -ese ideograma, en realidad- significa “valor”).

5.-Me pasa algo parecido con los nombres. Mis hijos se llaman Lucía Camila y Santiago Emanuel, sin haches, sin i-griegas, sin ese-haches o cualquier otra boludez. No son nombres yankis ni nombres inventados para hacerme el original. Tampoco nombres mapuches o de alguna otra vertiente autóctona. Odio todo eso. Odio que las personas de clase baja le pongan orgullosos nombres yankis a sus hijos como si eso los acercara la país que tiene tanta responsabilidad en el hecho de que ellos se caguen de hambre. Odio que tipos que si se cruzan a un mapuche por la calle se pasan a la otra vereda le pongan a sus hijos Nehuén o Ailín. Cuando creía que mi abuelo materno descendía de araucanos me planteé ponerle un nombre indígena a alguno de mis nenes, pero cuando me enteré que nada que ver lo descarté porque es otra forma de impostación, de moda o de ponerse del lado de los “buenos”, de los “nobles” (¿se nota que odio esas actitudes, no?), muy parecida a las frases del tipo “uno de mis mejores amigos es judío/negro/homosexual” o lo que sea: “está todo bien con los indígenas, de hecho, le puse un nombre mapuche a uno de mis hijos”; me imagino a alguien diciendo eso mientras recibe un mail confirmando su compra de un terrenito en la cordillera que antes era una reserva y ahora se lotea “para los amigos”.

6.-¿Estoy orgulloso de ser descendiente de españoles? No. Tampoco me avergüenzo. Es algo que no tiene nada que ver conmigo. Es algo que simplemente pasó, o pasa. ¿Estoy orgulloso de ser argentino? No, la verdad. Menos todavía en estas últimas semanas, cuando gracias a los Juegos Olímpicos tengo que aguantar ver por televisión a un ser despreciable como Maradona haciendo su negocio, llevando al rebaño de la nariz, vendiéndole cosas con la excusa de defender la nacionalidad y demostrando que nunca ha existido el patriotismo sino sólo el patrioterismo. ¿Qué siento acerca de Argentina? Una gran felicidad de vivir acá, pero por cuestiones fácticas, no saco ninguna conclusión moral o relacionada con mi propio valor como ser humano del lugar en que nací. Soy feliz por vivir en un lugar cuyos mayores peligros (al menos del '83 para acá) son la devaluación y la inseguridad, que, comparado con las hambrunas de ciertos países de África o las guerras permanentes de ciertos países de Medio Oriente, es un paraíso en la tierra. Nada más.

7.-Otra charla, con un médico, una persona mayor a la que le tengo mucho respeto intelectual, pero que está vez creo que se equivocó. Cuando le presenté mi teoría acerca de la argentinidad repitió esa famosa frase de que lo único malo de Argentina son los argentinos, cosa con la que tampoco estoy de acuerdo porque si tu lugar de nacimiento no te hace mejor que nadie, por simple lógica, tampoco puede hacerte peor que nadie. Además, y esa fue mi respuesta y con eso lo dejé sin réplica, tanto el hambre como las guerras son acciones humanas, decisiones humanas, no es que se juntan las nubes y llueve hambre o llueve guerra, hay seres humanos detrás de esas catástrofes y, si lo pensamos un poco, personas que se dedican a hambrear a sus congéneres y a desatar guerras por ego o codicia no deben ser mejores que nosotros y nuestros coterráneos.

8.-Y juntando todo (la música, la argentinidad, el arte en general, las ilusiones de pertenencia, etc.), hay muchas cosas que nos vemos casi obligados a valorar, artísticamente hablando, porque son, por ejemplo, una forma de expresión de las clases bajas, por intencionalidad moral o su finalidad social (como la murga, ponele), y está muy mal visto por la ¿mayoría? bienpensante que digas en voz alta que, en el arte lo malo es malo, que en el arte la intención no cuenta. Solamente un idiota podría decir que, artísticamente hablando, la murga es mejor o más bella que el ballet. Sus funciones sociales son totalmente distintas y hasta antagónicas, de hecho el ballet puede no tener función social alguna y puede ser usada como impostación, como ilusión de pertenencia a clases socioeconómicas superiores, pero como arte en sí, como actividad productora y comunicadora de belleza estética, no tienen comparación. Me hace recordar a un documental que vi en I-Sat (ojo con los documentales de I-Sat, que hay cosas buenísimas) que hablaba del ascenso y caída del brit-pop y decía que en Inglaterra la gente prefiere a Oasis sobre Blur porque los integrantes de Blur eran “nenes bien” y los de Oasis de clase trabajadora, cuando estéticamente tampoco hay comparación: Blur hace música (en el sentido en que los Beatles hacían música, sin ceñirse a un género específico), casi no tienen dos canciones parecidas, mientras Oasis tiene un solo tema largo cortado en cuatro discos. Es como si acá algún imbécil dijera que la Mancha de Rolando y la Bersuit son mejores que Soda Stereo y los Redondos por el solo hecho de alinearse en el palo de la argentinidad recalcitrante. Y de hecho debe haber algún imbécil que lo diga. O varios.


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